En el
nº 44 de la calle de Santa Isabel, junto al antiguo Convento que da nombre a
dicha calle, se ubica un interesante edificio decimonónico que, si bien
externamente no llama quizás especialmente la atención pese a reunir todos
los elementos característicos del aristocrático estilo arquitectónico palaciego de la época
isabelina, mantiene oculto al simple paseante callejero buenas muestras del lujo que ostentó en su etapa de esplendor. Me estoy refiriendo al Palacio de Fernán Núñez.
El
origen de este palacio se fecha hacia el año 1790, cuando el XIII Duque de
Alburquerque, un aristócrata, diplomático y destacado militar que jugó un relevante papel
en la Guerra de la Independencia Española, decide transformar, para convertirla en su residencia madrileña, una gran casa
que había adquirido en este lugar, dotándola del empaque señorial tipo palaciego que correspondía a un Grande de España como él. Encarga los trabajos al afamado arquitecto Antonio López Aguado, discípulo de
Juan de Villanueva, y que ha legado a nuestra ciudad buenos ejemplos de su
hacer: La Puerta de Toledo, El proyecto del Teatro Real (aunque finalmente
se vería este modificado en parte), el Casino de la Reina, el Palacio del duque
de Villahermosa (sede actual del Museo Thyssen-Bornemisza), o el diseño del
Parque del Capricho.
Antonio
López Aguado va a construir un palacio de fachada sobria, buscando la simetría
y el equilibrio característicos del estilo neoclásico. El edificio, cuyas
dimensiones eran menores que las actuales pues como veremos fue posteriormente
ampliado, tiene tres plantas y sótano. Dos grandes puertas casi contiguas, aptas
para el acceso en su momento de los carruajes, dan paso al interior del
edificio, en el que se encuentra un gran hall o zaguán seguido de un patio. En la
planta baja se situaba la llamada zona de recibo (donde los anfitriones
esperaban a sus invitados), así con los jardines interiores y las habitaciones particulares
de verano. La primera planta era el piso noble y en ella estaban las
habitaciones de los duques, el salón de baile y diversos salones para las
visitas. En el piso superior se encontraban las estancias de los criados.
La
segunda y gran remodelación del palacio llegó a mediados del siglo XIX cuando los
por entonces propietarios, el VII Conde de Cervellón y su mujer la II Duquesa de Fernán Nuñez, deciden ampliar el edificio
y enriquecer su ornamentación interior, convirtiéndolo en el que sería a partir de ese momento uno de los palacios más hermosos de Madrid. Encargan
el trabajo a Martín López Aguado, hijo del anterior arquitecto y que habiendo
seguido los pasos profesionales de su padre contaba con una alta consideración profesional dentro de la
aristocracia madrileña, ya que mostraba habilidad para conjugar el clasicismo arquitectónico heredado de su padre con la nueva moda romántica que inundaba por entonces los
interiores de las remozadas mansiones señoriales. Las obras del Palacio se desarrollarán
entre 1847 y 1849, dando como resultado el edificio que actualmente encontramos y
que se organiza alrededor de tres patios interiores, disponiéndose la zona
noble en torno a la fachada principal, que se ve ya ampliada
hasta la misma linde del Convento.
Las
salas de la primera planta, las correspondientes a la zona noble, son las que se pueden recorrer actualmente en visita guiada organizada, quedando el resto del
edificio para uso interno de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (Adif y Renfe son las actuales propietarias del edificio). Las mencionadas salas, sin duda las más
vistosas del palacio, se encuentran en general bastante bien conservadas, aunque algunas grietas y pequeños desperfectos sugieren la necesidad de continuar haciendo acciones de restauración y mantenimiento. No obstante, es indudable que varias de las salas continúan siendo especialmente espectaculares: El comedor de gala, con su gran mesa de nogal adquirida directamente en la Exposición Universal de París de 1867; el salón isabelino, que cuentan era el preferido de la reina Isabel II en sus frecuentes visitas a este palacio; y por supuesto el gran salón de baile, una amplia estancia con cierto aire al Salón de Espejos del Palacio de Versalles. Salas todas estas y también las del resto de la planta noble con paredes enteladas, techos hermosamente decorados con estuco imitación madera, alfombras y tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, lámparas de Baccarat y cristal de Murano, chimeneas de mármol de Carrara, relojes de pedigrí, ... Ambientes en definitiva de una época de esplendor aristocrático allí vivido y que ahora se aprovecha, más allá de para las visitas de grupos, para la realización ocasional de eventos especiales, e incluso para servir de escenario cinematográfico, pues allí se han rodado escenas de películas
como “¿Dónde vas Alfonso XVII?” (Luis Cesar Amadori), “Volavérunt” (Bigas Luna), "El oro de Moscú" (Jesús Bonilla) o “Sangre de Mayo
(José Luis Garci), y series de televisión como “La Regenta” o “La Duquesa de
Alba”.
El
máximo esplendor del Palacio se vivió sin duda con la III Duquesa de Fernán Núñez, la dama más
representativa de la aristocracia madrileña del siglo XIX y anfitriona de las
fiestas más elegantes del Madrid isabelino.
Ya en el siglo XX, durante el
transcurso de la Guerra Civil el palacio fue incautado y custodiado por las
Juventudes Socialistas Unificadas. Durante esta etapa convulsa de nuestra historia el palacio sufriría un cierto deterioro, perdiéndose algunos elementos significativos de su decoración. Finalizada la guerra, el palacio es comprado en
1940 por Carlos Botín Polanco, director de la Compañía
Nacional de los Ferrocarriles del Oeste de España y Red de Andaluces, a la viuda del V Duque de Fernán Núñez. Al año siguiente, el Gobierno
decretó la nacionalización de las líneas férreas españolas y la creación de
Renfe, empresa que convirtió el palacio en la sede de su Consejo de
Administración y encargó su remodelación para adaptarlo a su nuevo uso. Una de
las reformas, realizada en 1967, tuvo como fin habilitar un espacio para
albergar el primer Museo del Ferrocarril de España. El edificio ha sufrido desde
entonces diversas nuevas reformas, la última entre los años 2000 y 2002 para
restaurar su fachada, pero por suerte conservando siempre su decoración
decimonónica. Esperemos que siga respetándose esta y que aunque sea de forma
controlada como ahora pueda seguir visitándose este Palacio (en una noticia que
apareció en prensa en mayo de 2015 se apuntaba la posibilidad de que el
edificio fuese vendido, recalificándose su actual uso para posibilitar su reconversión
en hotel de lujo. Confiemos que esto no ocurra).