La muralla de Madrid

Madrid fue en el pasado una ciudad amurallada, pero actualmente, salvo pequeños y maltrechos restos dispersos aquí y allá, seguir el trazado de la muralla es más un acto imaginativo que un verdadero recorrido visual. No obstante, intentar hacerlo es un reto agradable y una forma de dar a nuestro posible paseo por el casco antiguo de la ciudad un objetivo diferente al simple deambular. ¿No te apetece hacerlo?

Debemos saber en primer lugar que Madrid ha sido amurallada en varias y sucesivas ocasiones. La primera de ellas fue en el siglo IX, cuando los árabes fundan sobre la colina situada en la margen izquierda del río Manzanares la que fue nuestra primigenia ciudad, una Mayrit que nació como acuartelamiento militar permanente desde el que poder vigilar y proteger el paso que había entre el puerto de Guadarrama y la ciudad de Toledo.

El amurallamiento de Mayrit se pivotó en torno a dos importantes núcleos muy cercanos entre sí pero que estaban físicamente separados. Por un lado estaba el alcazar o castillo para las tropas, situado sobre los terrenos que hoy ocupa el Palacio Real, y por otro estaba la "al-Mudayna" o ciudadela, donde vivía la población civil. La muralla de esta última envolvía un perímetro urbano que hoy queda comprendido entre la Plaza de la Armería, la Catedral de la Almudena, el Parque Mohamed I (inicio de la Cuesta de la Vega), ladera del viaducto, calles Pretil de los Consejos, Factor y cierre por Bailén. Los lienzos de dicho amurallamiento, construido en silex y piedra caliza, se encontraban regularmente salpicados de torres de planta cuadrada, así como por tres únicas puertas de acceso al recinto: de la Sagra, de la Vega y de Sta. María). De dicha muralla hoy sólo son visibles unos restos en el parque Mohamed I (también se han descubierto restos en las obras del futuro Museo de las Colecciones Reales, pero desconozco si serán visibles en su momento). Además se conservan, aunque sin ser exactamente parte de la muralla inicial pero sí de la fortificación islámica que se completó en el siglo XI, los restos de una atalaya, conocida como Torre de los Huesos. Pueden verse en el aparcamiento subterráneo de la Plaza de Oriente.

En el siglo XII, tras la conquista cristiana de la ciudad,  Alfonso VII decide reforzar y ampliar la muralla existente, pues los asentamientos de población habían crecido sensiblemente a su alrededor. Ahora el perímetro intramuros de la ciudad abarcará 35 hectáreas de terreno y se accederá al mismo por nuevas puertas que se suman a las abiertas en la etapa árabe: Puerta de Moros, Cerrada, de Guadalajara y de Valnadú. La muralla perimetral de la ciudad cristiana aprovecha el tramo árabe que mira al río Manzanares y, a la altura actual del viaducto, es donde se va a construir el nuevo tramo, que sube hacia la calle de los Mancebos (se conserva un trozo del muro a la altura de los números 3-5), llega a la plaza de Puerta de Moros y, desde allí, continuaba por la calles del Almendro (se ven restos en el solar cerrado por verja que hay en el nº 17) y Cava Baja (existen algunos restos en el interior de varios edificios de esta calle) hasta Puerta Cerrada. Continuaba la muralla por lo que ahora es la calle de Cuchilleros y la Cava de San Miguel (esta cava, como la anterior, hacer referencia a que allí antes había un foso) y cruzando la calle Mayor (es allí donde estaba la Puerta de Guadalajara) descendía por la calle del Espejo (en el nº 10 puede intuirse la existencia de una de las torres por la forma  de una zona del edificio, construido aprovechando la base antigua de dicha construcción ), continuaba por la calle Escalinata (el actual solar del edificio derribado junto a la plaza de Isabel II deja ver ahora parte del muro) y entrando ligeramente en lo que hoy es la Plaza de Ópera giraba por parte del actual Teatro Real y se dirigía hacía la Plaza de Oriente, dejando antes la última de las nuevas puertas, la de Valnadú. La muralla cerraba desde allí uniéndose al amurallamiento árabe que rodeaba el alcazar (actual Palacio Real).

Estas dos primeras murallas, la árabe y la cristiana , son las que se conocen como murallas medievales de Madrid y su trazado es el que yo te propongo especialmente que trates de recorrer en uno de tus paseos.

En el siglo XV una nueva muralla, la llamada Cerca del Arrabal, ampliaría otra vez el área intramuros de la creciente ciudad de Madrid. Esta va a extenderse ahora desde el viaducto a San Francisco el Grande, para desde allí subir hacia la plaza de la Latina, Cascorro, Tirso de Molina, plaza de Benavente, Sol, Callao, Sto. Domingo y vuelta al Palacio Real. De esta muralla no nos quedan restos visibles, pero si el recuerdo nominal de algunas de sus puertas, como la Puerta del Sol o la Puerta de Atocha (estaba no donde la actual glorieta, sino al comienzo de la calle de dicho nombre, junto a la Pza. de Jacinto Benavente).

El siglo XVI traerá para Madrid el cuarto de sus cerramientos perimetrales, aunque en esta ocasión los fines no serán ya defensivos como los anteriores sino fiscales y sanitarios (en las puertas se controlaban la entradas y salidas de personas y mercancías). Fue ordenada construir por Felipe II en 1566 y se extendía algo más allá de la anterior, hasta las proximidades de la Puerta de Toledo, la plaza de Antón Martín y la Red de San Luis. De esta cerca no queda actualmente ningún resto visible.

La quinta y última cerca es la de Felipe IV (siglo XVII) e igual que la anterior tenía un fin meramente recaudatorio y fiscalizador. Construida de ladrillo, argamasa y tierra, abarcaba ya un área bastante ampliaensiblemente mayor que la anteriorel único resto de muro que hoy puede verse lo tenemos al comienzo de la Ronda de Segovia (junto a la estación de bomberos). Nos queda sin embargo para el recuerdo el testimonio de algunas de los portillos y puertas y que tuvo esta muralla: Puerta de San Vicente, Puerta de Toledo, Portillo de Embajadores, Puerta de Alcalá, ...

La verdad es que es una pena que Madrid no haya sabido conservar como otras ciudades los restos de sus antiguas murallas. Hoy de ellas nos queda muy muy poco, pero no dejan por ello de ser testimonio visible de la historia de la ciudad y objeto por tanto  de interés para los que disfrutamos conociéndola, aunque tengamos que hacerlo en esta ocasión teniendo muy presentes aquellos versos de Quevedo que decían ...

                                                                 Miré los muros de la patria mía,
                                                                 si un tiempo fuertes ya desmoronados

Los monarcas desplazados

Las 20 estatuas que adornan los laterales de la Plaza de Oriente son popularmente conocidas por los madrileños como las de los reyes godos, aunque en realidad solo algunas de ellas representan realmente a monarcas anteriores al 711, fecha en que estos dejaron de reinar en nuestro país. La generalización sin duda tiene algo que ver con el estigma que durante años supuso para los estudiantes españoles el aprendizaje memorístico, completo y cronológico, de los 33 monarcas visigóticos que desde Ataulfo hasta Rodrigo gobernaron la mayor parte de la península Ibérica desde el siglo V hasta la invasión musulmana. ¡La famosa "lista de los Reyes Godos!.

Esta estatuas son realmente parte de un gran proyecto con el que se pretendía ornamentar la cornisa y balaustradas del Palacio Real, y que se vio frustrado tras un cambio final de planes. Veamos seguidamente con un poco de detalle la historia de estas estatuas:

Tras el incendio sufrido por el Real Alcazar madrileño en la Nochebuena de 1734, el rey del momento, Felipe V, decide construir sobre sus ruinas el nuevo Palacio Real que hoy admiramos. La madera, predominante en el edificio anterior, es ahora remplazada por robusta piedra que minimiza nuevos riesgos y, de paso, todo el palacio se ajusta a la estética barroca que estaba de moda ya por entonces. Para completar la decoración exterior del palacio, cuyas obras se acometieron entre 1738 y 1755, se planteó una ornamentación que reforzase el sentimiento real, ideándose entonces el proyecto de representar a todos los reyes que hasta ese momento había tenido España. Se encargó al erudito benedictino Fray Martín Sarmiento (1695-1772) la dirección iconografico de una historia de España a través de esculturas individualizadas de cada uno de sus reyes y el proyecto fue fielmente cumplido, esculpiéndose en total 108 estatuas, representativas de la monarquía hispana desde los reyes godos hasta los Borbones, e incluyendo además algunos grandes personajes vinculados con el Imperio, como los emperadores de México y Perú.

Las esculturas, labradas todas en piedra blanca y de similares dimensiones, muestran un valor artístico desigual, pues no sólo son fruto de diversos escultores, sino que debemos tener presente además que la mayoría se hicieron para ser contempladas a distancia y por tanto no siempre se han trabajado bien los detalles. Pese a todo, su valor iconográfico es alto. Curioso, por ejemplo es el significado de los escudos que aparecen junto a muchas de las figuras y que hacen referencia al cónyuge, indicando, si está a la izquierda y contiene el retrato de la esposa (hay también algún hormbre, pues hubo reinas), que esta fue madre de heredero de la corona. Si el heredero no era el hijo legítimo el escudo del rey queda sin labrar y en él no aparece el rostro de su esposa, y si el escudo se sitúa a la derecha y no pegado a su cuerpo, significa que ninguno de los cónyuges eran los padres del sucesor del trono. ¡Toda una simbología esculpida en piedra para la historia!

Como ya comenté, la idea inicial era que todas estas estatuas adornasen las balaustradas y coronases las cuatro fachadas del Palacio Real, pero la gran mayoría de ellas nunca llegó a ocupar dicho lugar. Cuenta una leyenda madrileña que fue Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, quién pidió a su esposo que no se pusiesen finalmente sobre la cornisa, pues una noche tuvo una pesadilla en la que soñó que se producía un terremoto en el Palacio Real y una de las enormes esculturas le caía encima y la mataba. La verdad parece que fue sin embargo menos onírica y apunta que fue Sabatini, el arquitecto encargado de la conclusión de las obras del Palacio, quien sugirió a Carlos III, el monarca reinante ya entonces y que sería en verdad el primer inquilino real del Palacio, que no se izasen sobre la cornisa, tanto por prudencia para no sobrecargar el peso del edificio (cada estatua pesa unas tres toneladas) como por sobriedad estética, ya que la ostentación barroca había pasado de moda y ahora se llevaba el más austero estilo neoclásico. ¡Eran demasiados reyes por encima de la cabeza del monarca!

Despojadas de su propósito inicial de ornamentación palaciega y despreciado el sentido pedagógico que Sarmiento pretendió dar al conjunto unido de todas ellas, las estatuas empezaron poco a poco a ser distribuidas por plazas y jardines, no sólo de la capital, sino tambien de otras ciudades españolas (Toledo, Burgos, Vitoria, Logroño y Pamplona son algunos ejemplos de destinos). En Madrid, las que se decidió finalmente no mantener en la fachada del Palacio Real fueron repartiéndose por la Plaza de Oriente, los jardines de Sabatini, El Retiro, la fachada del Museo del Ejército y la Glorieta de las Pirámides (hoy estas últimas ya no están, pero la foto anexa de tiempos de la Guerra Civil nos ofrece testimonio de su existencia).

Para el paseante curioso puede ser un aliciente motivador el redescubrir personalmente qué estatuas son las que permanecen en la ciudad. No hay aparentemente demasiada lógica en la distribución de las figuras, pero quizás tu descubras nexos. Por ejemplo, al primer y último rey godo los tenemos relativamente cerca uno de otro en la Plaza de Oriente. ¡Algo es algo!


El siguiente enlace puede ayudarte a localizar las estatuas: http://commons.wikimedia.org/wiki/Estatuas_del_Palacio_Real_de_Madrid