Ruta de senderismo: Subida a Cabeza Lijar

La cumbre del monte de Cabeza Lijar es con sus 1823 m el  punto más alto del municipio de Guadarrama y el límite provincial de tres provincias colindantes: Madrid, Segovia y Ávila. La subida a dicha cumbre se encuentra en los orígenes del montañismo madrileño y, si eres amante de los paseos de naturaleza, esta puede ser sin duda una ruta de las que merece la pena que no te pierdas, pues no siendo dura en exceso te va a permitir disfrutar de unas inmejorables vistas panorámicas y descubrir de paso algunos restos de construcciones que datan de la pasada Guerra Civil, como el fortín y observatorio existente en la cima y sobre el que se ha construido un mirador (realmente toda la zona en torno al Alto del León conserva aún numerosos restos de edificaciones de dicha contienda: bunkers, puestos de ametralladora, refugios, trincheras, parapetos, etc).


La ruta por la Cuenca del Guadarrama que aquí se propone es de carácter circular, con una longitud totad de entorno a los 10,5 km. Como ya señalé no tiene excesiva dificultad, aunque eso sí, hay que subir y bajar pendiente. Comenzaremos nuestro recorrido en el mismo Alto del León (conocido por muchos más como el Puerto de los Leones). Hasta allí lo mejor es ir en coche y dejarlo aparcarlo en el parking del restaurante-asador. Ya a pie, nos dirigiremos hacia la derecha de dicho establecimiento para tomar el camino inicialmente asfaltado que allí parte y que indica dirección Camorritos. Caminando dejaremos atrás la estación militar de radiotransmisiones y poco después pasaremos un paso canadiense (esa especie de barrera horizontal metálica que impide que el ganado lo cruce pero posibilita el acceso de personas y vehículos). Nada más pasarlo dejaremos la carretera y tomaremos el sendero que a la derecha asciende entre pinos hacia el monte, en concreto al conocido como Cerro Piñonero. En el alto de este, ligeramente escorado hacia el lado izquierdo de la cumbre, existe un bunker-observación desde el que se controlaban los posibles movimientos de tropas en el valle y que hoy, por suerte sin intenciones belicosas, nos permite admirar el paisaje.

Regresamos de nuevo a nuestra senda, que atraviesa la cumbre, y en inicial bajada encaminaremos ahora nuestros pasos hacia Cabeza Lijar que el la cumbre que se nos muestra justo enfrente un poco a la derecha. Seguiremos como antes las marcas del GR 10 y marcas azules, pasando por el llamado Collado de la Gasca, en donde tendremos que cruzar por una puerta al lado Segoviano. A partir de allí comienza la subida a Cabeza Lijar y es sin duda la parte más dura del recorrido pues a la pendiente se suman algunos tramos con piedras que se van superando sin grandes dificultades si nos los tomamos con calma. En la cima tenemos la recompensa a nuestro esfuerzo: Unas vistas increíbles.

Tras la subida a la cima ahora toca bajar, y lo haremos continuando por el sendero. Tendremos que atravesar la valla y aunque en algún tramo perdamos la referencia de las señales no hay pega, pues deberemos salir al camino de Camorritos que se encuentra en el lado izquierdo del cerro. Una vez en el mismo sólo nos queda ya volver por dicho camino hasta el que fue nuestro punto de partida.

El esfuerzo realizado seguro que nos habrá merecido la pena y podemos celebrarlo tomándonos en la cafetería restaurante un refrigerio, o una bebida calentita si el tiempo serrano lo aconseja mejor opción.

¡Disfrutarlo!

Tic Tac


Sin duda, el reloj más famoso de Madrid es, por su asociación con la tradición de tomar las uvas en el cierre del año, el reloj de la Puerta del Sol. No tiene la fama mundial de otros relojes europeos como el Astronómico de Praga o el Big Ben de Londres, pero al menos en España, es conocido por todos. Fue inaugurado el 19 de noviembre del año 1866 por la reina Isabel II con motivo de su cumpleaños y su maquinaria se debe al relojero José Rodriguez Losada, que la donó gratuitamente al Ayuntamiento de Madrid.

Edificios emblemáticos de nuestra ciudad tienen relojes en sus fachadas y, seguramente, tras el de Sol muchos madrileños citarían los del Edificio de Telefónica en la Gran Vía (recordemos que fue el primer rascacielos de Madrid y la gente lo tomo como referencia). Hay reloj monumental en la fachada del Banco de España, y también lo hay en la del Palacio de Comunicaciones en Cibeles, en el frontal de las estaciones de Atocha o Norte, en la Plaza Mayor, en el Patio de Armas del Palacio Real o, por citar uno representativo de barrio, en la Casa del Reloj de la Junta de Distrito en Arganzuela.

Pero siendo todos ellos interesantes, voy a centrarme seguidamente en referir  dos simpáticos carillones animados, el de la Plaza de las Cortes y de la calle de la Sal.

El primero de ellos es el conocido como Carillón Groupama, al pertenecer y encontrarse ubicado en la fachada de la sede de esta compañía de seguros (actualmente Plus Ultra Seguros), justo en la esquina junto a la entrada del Hotel Palace. La curiosidad de este reloj es que a determinadas horas, a parte de anunciar las señales horarias con una cambiante melodía, acciona un mecanismo interno por el cual salen a saludar al respetable desde un balcón de la fachada del edificio varios personajes goyescos. Se trata de cinco figuras de tamaño natural que fueron diseñadas en su día por Antonio Mingote y que representan al torero Pedro Romero, a una madrileña Manola, al rey Carlos III, a la Duquesa de Alba (la pintada junto con su caniche por Goya) y al propio pintor.

Este reloj, que atrae la curiosidad de turistas y madrileños, fue instalado en diciembre de 1993. La aparición de la comparsa goyesca se produce diariamente a las doce del mediodía y a las ocho de la tarde (en el periodo navideño hay algunas variaciones horarias) y dura aproximadamente unos tres minutos.

El otro reloj al que quiero hacer referencia aquí y que guarda similitudes con el anterior, es el carillón existente sobre la entrada de la Antígüa Relojería de la calle de la Sal, comercio con solera en la capital pues fue fundado en 1880. El carillón se instaló en la cornisa de la relojería allá por el año 2010 y, siguiendo también un diseño de Mingote, representa la figura de un viejo relojero que trabaja en su taller mientras las campanadas horarias entonan la melodía de un conocido chotis.

¿Has reparado en ellos?

Quinta del Duque del Arco

Aunque en un anterior post de este blog ya hice referencia a la Quinta del Duque del Arco como uno de los sitios a los que encaminar nuestro paseo si estamos por la zona del Monte del Pardo, hoy voy a referirme nuevamente a este conjunto monumental con algo más de detalle, volviendo con ello a animar a todo aquel madrileño que aún no lo conozca a que lo visite, y si ya se conoce, a volver a recorrerlo en agradable paseo al aire libre un día en que el tiempo acompañe.

El conjunto de la Quinta del Duque del Arco, o de la Quinta del Pardo que es como más comúnmente se conoce, se encuentra situado sobre una pequeña colina al sureste del monte de El Pardo, a mano derecha del camino, hoy carretera, que desde Madrid nos conduce al Real Sitio. El nombre de “quinta” ya nos orienta sobre lo que nos vamos a encontrar: Una finca de recreo. Efectivamente eso es lo que este lugar era, una de aquellas casas de campo a las afueras de la ciudad que los grandes aristócratas de los siglos XVII y XVIII se mandaron construir para disfrutar de cierto aislamiento, descanso y diversión.

El Duque del Arco, don Alonso Manrique de Lara Silva y Ribera, fue un noble muy bien considerado en la Corte de Felipe V. Ejerció entre otros cargos los de Montero Mayor del rey y Alcaide del Pardo, destacándose además en su biografía que a raíz de haber salvado en un par de ocasiones la vida de los reyes durante las sesiones de montería que frecuentemente se organizaban en los montes de El Pardo, estos le tenían en gran estima y le consideraban un leal amigo. Tras la muerte del Duque en 1737, su viuda cedió la Quinta al rey Felipe V, quien la incorporó al Real Sitio de El Pardo en 1745.

La finca tuvo su origen en otra anterior que aquí existía y que era conocida como Quinta de Valrodrigo. El Duque había adquirido esta en 1717 y procedió a su transformación, encargando la construcción de un Palacete y unos jardines al nuevo gusto francés que con la llegada de los borbones a la corona de España se empezaba a poner de moda entre las clases pudientes de nuestro país.

Para disfrutar tranquilamente de la visita a la Quinta te propongo que en el caso de llegar hasta allí en coche, en lugar de subir con él hasta los aledaños del palacio dejes este a la entrada, en las proximidades del restaurante que hay cerca del arco de acceso. A pie y si el día acompaña saborearás mejor el entorno que ante ti se muestra.

El jardín, la parte sin duda más sorprendente de la finca, es lo primero con lo que nos encontramos. Diseñado por el francés Glaude Truchet hacia 1726 responde al estilo francés que podía admirar ya en los hermosos jardines de La Granja de San Ildefonso, aunque mostrando algunos toques más tipicamente españoles e italianos.

Adaptándose al desnivel del terreno, el jardín de la Quinta se articula como podemos ver en diferentes terrazas ascendentes. En un primer nivel, el más bajo, encontramos una amplia extensión reticulada geométricamente con setos de bog y en la que vemos también una gran fuente con surtidor. El lugar antiguamente contaba también con naranjos en cajones distribuidos por el jardín al modo de las orangeries francesas, lo que permitía retirar estos en invierno a lugar resguardado y protegerlos así del frío. En el segundo nivel se encuentra la Cascada con sus conchas, flanqueada de pequeños nichos con estatuas. En esta zona había también diez estatuas de cuerpo entero, cuadros de boj, platabandas dobles y dos fuentes. Todos los muros estaban cubiertos por laureles y jazmines en espaldera y llenos de tiestos de flores, especialmente claveles y rosales. El tercer nivel nos ofrece, con su baranda mirador, una amplia vista de los jardines inferiores, al tiempo que nos presenta también un área de estructura geometrizada con cuadros de boj y círculos de césped. También hay una fuente. En el cuarto y último nivel, el más alto de todos, encontramos un gran estanque protegido en semicírculo por un muro de contención adornado con diversas hornacinas en las que había estatuas y en cuya parte central del mismo se abre una gruta que, en su fondo, tenía una fuente con un delfín de plomo dorado. El agua que embalsa este estanque era utilizada para el riego de todo el jardín.


En el eje principal que recorre longitudinalmente las cuatro terrazas, vemos actualmente varias secuoias gigantes que, aunque resultan espectaculares por su enormidad, rompen en buena medida el diseño visual original del jardín. Fueron plantadas bastantes años después, durante el reinado de Amadeo de Saboya.

El Palacio de la Quinta se sitúa a un costado del jardín, dejando claro que el protagonismo del recinto debe darse a aquel y no a este. Se trata de una casa de no muy grandes dimensiones y cuya fachada se inspira claramente en el estilo del Palacio de la Zarzuela. El interior no es visitable.

Junto al Palacio y en lo que debió ser zona de servicio, actualmente encontramos un colegio público perteneciente a la Comunidad de Madrid. ¡Estupendo sin duda para los alumnos que allí cursan, aunque de dudosa idoneidad en el ámbito de la pura conservación (al menos de la visual) del patrimonio histórico de este lugar!

Si avanzando en nuestro recorrido a través de la finca nos encontraremos seguidamente con un gran olivar. Debemos saber que generalmente este tipo de quintas disponía, adicionalmente a la zona representativa de la vivienda principal y los jardines, de otra aledaña dedicada a labores de explotación agrícola. Es la que en la Quinta del Pardo se corresponde con el mencionado olivar y que antaño contaba también con viñedos, árboles frutales y huertos. Disfruta un rato paseando tranquilamente entre los numerosos olivos y, cuando ya pienses en volver hacia la salida, aunque te lleve algo más de tiempo, toma alguno de los pequeños senderos que van bordeando el muro internamente y que sin pérdida nos conducirán nuevamente hasta el arco de entrada. Es más largo, pero seguro que te merecerá la pena.

Ya para finalizar, comentarte que la Quinta de El Pardo tiene la declaración de Monumento Nacional desde 1935 y que la historia que guarda entre sus muros no se limita lógicamente a su etapa de esplendor durante el reinado de Felipe V. Has de saber, por ejemplo, que en este lugar residió el presidente de la República Manuel Azaña y es allí donde el 18 de julio de 1936 le sorprendió el golpe de Estado.

Las casas más estrechas de la ciudad

Aunque la casa más estrecha de España parece ser que se encuentra en Valencia (mide solo 105 centímetros de ancho y la localizamos en el número 6 de la Plaza de Vega del Barrio de Sta. Catalina), Madrid cuenta también con curiosas antiguas casas dignas de mención por su extrema estrechez, testimonio evidente de que aprovechar espacios, más allá de criterios mínimos de habitabilidad que por suerte hoy no serían aceptados, es algo que siempre se ha buscado en las grandes urbes.

En Madrid la casa que tradicionalmente ha ostentado por su significación el “privilegio” de ser la más estrecha de la ciudad está situada en la calle Mayor 61. El edificio mide sólo cinco metros de ancho y, como se indica en una placa que podemos ver en su fachada, en él vivió y murió, allá en el siglo XVII, el insigne escritor y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. Fue sin duda gracias a este hecho y a la decidida intervención en defensa de la conservación del edificio que en su momento hizo ante el Ayuntamiento Ramón de Mesoneros Romanos (cronista de la villa) que dicho inmueble se conserve actualmente, pues estuvo en un tris de ser demolido.

Pero la casa anteriormente mencionada no es en realidad la más estrecha de Madrid, ya que en la misma calle, en el número 57 de Mayor, encontramos otra casa que por lo leído sólo tiene tres metros y medio de fachada.

Cerca de los dos edificios anteriormente señalados, en la calle Postas número 6,  encontraremos el que, metro en mano, sí puede ser el más estrecho, pues tiene tan sólo tres metros y doce centímetros de anchura. Aloja uno de los centenarios establecimientos de artículos religiosos de Madrid -“Sobrinos de Pérez”- abierto en 1867 y que por cierto sale mencionado en la novela Fortunata y Jacinta de Don Benito Pérez Galdós. El acceso a los pisos superiores del edificio se hace mediante una escalera alojada dentro del propio comercio.

Otro edificio de los que compite con los anteriores en cuanto a estrechez de fachada lo encontramos en el barrio de Malasaña, concretamente en el número 24 de la calle San Vicente Ferrer. Aprovechado en su día como micro vivienda, daba paso por el bajo a un patio interior en el que existió una tahona. Actualmente su pasillo inferior sirve de acceso a los garajes de Palma 23 y los espacios superiores, en los que no vive nadie, son utilizados como trasteros.


Las anteriores estrechas edificaciones y otras similares hoy ya desaparecidas, como la conocida Casa de las Cinco Tejas (así llamada porque en su tejado sólo cabían cinco únicas tejas) situada en la calle de Santa Ana y demolida en 1851, o la Casa del Ataúd que podemos ver en la foto de la derecha (conocida popularmente así por su forma, estuvo en la esquina de la calle de Alcalá con Caballero de Gracia, donde ahora está el edificio Metrópolis, y fue una de las primeras demolidas para la construcción de la Gran Vía) mantenían por lo general una característica común de aprovechamiento habitacional. A menudo la planta baja alojaba un comercio, la primera planta una habitación y las dos plantas siguientes una cocina y un baño, respectivamente. En la fachada exterior sólo hay lugar para un pequeño balcón por planta.

Hoy, por suerte, estas edificaciones, frecuentes antaño, han quedado como curiosas rarezas para contemplación de paseantes.

Presa del Gasco

La Presa del Gasco simboliza el fracaso de un sueño de dimensiones faraónicas: Dotar a Madrid de una salida navegable al mar.

En buena parte de Europa y motivados por la necesidad de establecer dentro de cada uno de los países vías de comunicación rápidas para el transporte de mercancías y personas, se impulsó durante los siglos XVII y XVIII, junto a la mejora de los caminos existentes, la construcción de canales por los que poder desplazar barcazas (la llegada del ferrocarril a comienzos del siglo XIX supondrá, por su mayor eficiencia, la paralización definitiva de nuevos grandes proyectos de canalización fluvial). Así por ejemplo, y por destacar uno de los primeros y más importantes canales que por entonces se construyeron en Europa, vemos como en la Francia de Luis XIV se cloncluye en 1681 el Canal de Midi (originariamente denominado Canal Real de Languedoc) que posibilitaba la unión del Océano Atlántico con el Mar Mediterráneo en una colosal obra de ingeniería, la cual sin duda estuvo en la mente soñadora de los nuevos monarcas españoles de la casa de los Borbones que a partir del 1700 se consolidan en la corona de España, y que van a intentar promover en nuestro país proyectos similares como el que aquí voy a referir.  

Aunque la idea de interconectar algunos de los grandes ríos del país para facilitar las comunicaciones viene de antaño y ya desde Felipe II se conocían varios proyectos que por problemas técnicos y económicos nunca llegarían finalmente a materializarse, será en las postrimerías del siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, cuando España va a sumarse a la corriente de la construcción de grandes canales, incluyendo el intento de materializar incluso el sueño de dotar a la centralista capital del reino de una salida fluvial al mar.

El primer paso a dar será intentar hacer navegable el Manzanares hasta su encuentro con el Jarama, para luego poder llegar a través de este hasta el Tajo a la altura del Real Sitio de Aranjuez, dejando con ello comunicados las dos grandes residencias reales. A tal fin se comenzó a construir, a lo largo de lo que hoy es parte del Parque Lineal del Manzanares, un canal que discurría paralelo al río para facilitar su abastecimiento de agua, y al que se dotó de diversas esclusas que posibilitaban salvar los desniveles naturales del terreno. Las obras se iniciaron en septiembre de 1770 y tras ocho años de trabajos se consiguió que pequeñas chalupas y barcazas pudieran recorrer el tramo comprendido entre el embarcadero existente en la capital, junto al Puente de Toledo, y la denominada octava esclusa, a la altura de la Cañada Real Galiana a su paso por el término de Rivas-Vaciamadrid. Construido este primer tramo del que pretendía ser Real Canal del Manzanares quedó en evidencia, entre otros múltiples problemas para la continuidad del trazado, que el aporte hídrico que ofrecía el río madrileño era en general muy escaso, siendo a menudo insuficiente para asegurar una mínima navegación, incluso de pequeñas barcazas.

En 1785 y con el aval económico de Francisco Cabarrús, asesor financiero de la Corona y primer presidente del por entonces recientemente creado Banco Nacional de San Carlos (esta persona, poseedora de una gran fortuna, había impulsado en 1775 el llamado Canal de Cabarrús que llegó a tener en 1799 cerca de 12 km de longitud, uniendo para uso agrícola entre Torrelaguna y Patones las cuencas de los ríos Lozoya y Jarama), se le va a presentar al rey un proyecto global de canales teóricamente viable que permitiría conectar de forma fluvialmente navegable Madrid con Sevilla, para desde allí alcanzar finalmente por el río Guadalquivir la salida natural al Atlántico (en total 771 km que salvaban técnicamente un desnivel estimado de 700 m en el recorrido). Entre las soluciones que aportaba el proyecto se incluía solventar la escasez de caudal en el Manzanares mediante el trasvase a este de agua procedente de otro de los ríos serrano como es el Guadarrama.  El proyecto global, sin duda muy ambicioso, satisfacía además de la mejora deseada en las comunicaciones hacia el sur de la península, el abastecimiento de agua para el consumo de la capital y el riego de las tierras de labranza de los pueblos de alrededor.
La viabilidad técnica del proyecto venía avalada por la reputación de quien lo había diseñado ahora, el ingeniero militar de origen francés Carlos Lemaur, profesional que había sido llamado a España por el rey Fernando VI, antecesor del rey Carlos III, y al que algunos ilustrados de la época como Jovellanos habían llegado a calificar como uno de los mejores ingenieros del mundo. En España, Lemaur ya había realizado por entonces otras grandes obras de ingeniería, como el Canal de Castilla, el paso de Despeñaperros en el Camino Real de Andalucía o el Real Camino de Galicia.

El proyecto gustó y recibió finalmente luz verde, pero la repentina muerte por suicidio de Carlos Lemaur implicó que finalmente fuesen sus hijos, que habían también colaborado en el diseño general, los que lo pusieron verdaderamente en marcha. Así fue como en 1787, priorizándose en el plan de trabajo la solucionar el aporte de caudal de agua al Canal del Manzanares ya construido y poder luego darle continuidad, empezó a trabajarse en el nuevo Canal del Guadarrama. Este subproyecto comprendía la construcción de una gran presa para embalsar las aguas de la sierra procedentes del tramo alto del río Guadarrama y toda la canalización en abierto desde la presa hasta el río Manzanares. Las obras se iniciaron con solo 100 obreros, cifra que se fue aumentando hasta alcanzar, en ciertos momentos, los 5.000 trabajadores. Hubo por lo que se cuenta muchas dificultades e incidencias, incluyendo importantes problemas de financiación por parte del Banco de San Carlos, de ahí que se empezase utilizando como mano de obra soldados que posteriormente fueron reemplazados por prisioneros condenados a trabajos forzosos.


Para la construcción de la presa se eligió el final de la angostura que forma el río Guadarrama entre el monte del Gasco, de quien tomó el nombre la presa, y los cerros por donde discurre el actual puerto de Galapagar. La estrechez allí del desfiladero y su prolongado curso prometían una reserva de agua más que suficiente para garantizar la inundación de los canales que en el mismo se iniciaban. El diseño previsto admitía un muro de 93 metros de altura, el más alto del mundo en su momento, con una anchura de 72 metros en base y una longitud de 251 metros, construido en mampostería de granito obtenido en canteras cercanas a la presa.

Tras doce años de trabajos, cuando se llevaban levantados 53 metros de altura en la presa y se llevaban construidos unos 27 km de canal, el 14 de mayo de 1799 una fuerte tormenta presionó de tal forma el centro del muro que este se vino parcialmente abajo. Fue la puntilla del Canal del Guadarrama y el del abandono del proyecto faraónico soñado de alcanzar el mar desde Madrid a bordo de una embarcación. Proyecto que seguramente habría podido realizarse técnicamente, pero sobre el que siempre sobrevolaron dudas de rentabilidad y viabilidad económica.

Te animo a que visites la presa y descubras también algunos otros restos existentes de aquel proyecto de canalización hidráulica. Los encontrarás en su mayor parte en el término municipal de Torrelodones, las Matas y las Rozas en lo que respecta al Canal del Guadarrama y en el tramo 2 y 3 del Parque Lineal del Manzanares si nos referimos a los restos del Canal del Manzanares.

Hay varios puntos desde los que puedes acceder tras una más o menos larga caminata al entorno de la Presa del Gasco. El más corto seguramente es desde la urbanización Molino de la Hoz (carretera de Las Rozas a El Escorial) distante caminando de la presa unos 25 minutos, aunque quizás la ruta más aconsejable, especialmente si te gusta algo el senderismo moderado, es llegar a ella desde el otro monumento más sobresaliente de Torrelodones: la Torre de los Lodones, que se alza sobre un cerrete próximo a la autopista de A Coruña. Te indico seguidamente el enlace a una ruta senderista desde Torrelodones a la Presa del Gasco.

Panteón de Hombres Ilustres

El Panteón de Hombres Ilustres, ambicioso proyecto creado en el siglo XIX y que hoy acoge sólo realmente los restos mortales de José Canalejas, es un interesante lugar que merece nuestra atención y visita, tanto por el edificio como por que los monumentos funerarios que alberga, obra de algunos de los mejores escultores españoles de la época. Está situado junto a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, ocupando el claustro de un monumental conjunto arquitectónico inicial que no llegó a culminarse, pues solo se construyó éste y el campanario (hoy inaccesible, al menos para visitantes). Repasemos un poco de historia al respecto antes de centrarnos en el contenido del Panteón:

Desde muy antiguo, existió en el lugar al que hoy nos referimos una ermita a la que se llamó de Atocha, por encontrarse por lo visto en sus alrededores abundancia de unas plantas parecidas al esparto llamadas "atochas" (hay quienes defienden también que el nombre proviene en realidad de la palabra Antioquia, derivada en antiocha por corrupción del lenguaje y de ella en atocha, al considerar que es de ese lugar de donde se cree procede la imagen). Sobre esta primitiva ermita, muy deteriorada por el paso del tiempo, se construyó en el siglo XVI una gran iglesia y un convento de dominicos. Su impulsor fue fray Juan Hurtado de Mendoza, confesor del rey Carlos V. La realeza española sintió desde entonces especial predilección devota por la Virgen de Atocha, sirviendo como ejemplo de ello que Felipe II, cuando iba a combatir y cuando regresaba victorioso de una batalla, visitaba siempre el santuario para rogar ayuda divina y dar gracias. El reconocimiento Real llegó con Felipe IV, quien proclamó en 1643 a la Virgen protectora de la Familia Real y de la Monarquía española (recordemos como curiosidad que se mantiene aún una tradición en la Familia Real española de que las reinas y Princesas de Asturias acudan a la Basílica de Atocha a presentar ante su Virgen a los nuevos príncipes que nazcan, siguiendo un rito iniciado por la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena con su hijo, el futuro Alfonso XIII. Así el Príncipe Felipe y Letizia Ortiz llevaron a sus hijas las Infantas Leonor y Sofía, al igual que anteriormente hicieron el rey Juan Carlos I y Sofía de Grecia con sus hijos Felipe, Elena y Cristina).

En 1808, con motivo de la invasión napoleónica, el complejo religioso va a sufrir un grave deterioro. Las tropas francesas expulsan a los religiosos y convierten el lugar en cuartel, produciéndose el robo y destrucción de innumerables obras de arte existentes. Finalizada la invasión, los dominicos vuelven al convento, pero el recinto, bastante deteriorado, ya no recuperará el esplendor de antaño pese a ser ascendida a Basílica en 1863 (fue la primera de las cinco que actualmente hay en la ciudad de Madrid).

En 1888, la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII, al ver el estado en que se encontraban los edificios, mandó el derribo de los mismos y ordenó la construcción de otro complejo en donde se incluiría, adosado al templo, un Panteón de Hombres Ilustres. El concurso público lo ganó el arquitecto Fernando Arbós y Tremanti, proyectando una basílica en estilo neobizantino, con un campanile exento y un panteón inspirado en el Camposanto de Pisa. Las obras empezaron en 1891, pero los altos costes del proyecto, junto con la necesidad de llevar a cabo paralelamente otra gran obra, que era la Cripta de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena, hizo que en 1899 finalizaran los trabajos, habiéndose construido hasta entonces sólo el claustro-panteón y la torre-campanario. La congregación de dominicos prosiguió por su cuenta las obras de la nueva iglesia, aunque sin seguir ya el proyecto arquitectónico inicial. No obstante, la que actualmente vemos data de 1951, pues el 20 de julio de 1936, durante la Guerra Civil, convento e iglesia fueron incendiados, perdiéndose todas las obras de arte excepto la imagen de la Virgen de Atocha que se había ocultado previamente en un domicilio particular.

Entendido ya el origen del por qué el claustro-panteón que nos ocupa e interesa no guarda relación arquitectónica con la iglesia aneja, volvamos a centrarnos en el Panteón, aunque haciendo nuevamente un pequeño paréntesis histórico para conocer el por qué aquí de un recinto funerario para nuestros “hombres ilustres”: parece ser que en 1837 las Cortes Generales votaron un proyecto para convertir la iglesia de San Francisco el Grande en Panteón Nacional de Hombres Ilustres, que acogería los restos mortales de los personajes considerados de especial relevancia en la historia de España, los cuales deberían ser elegidos por las Cortes pasados cincuenta años de su fallecimiento. Se propusieron muchos nombres, descartándose con el tiempo los de aquellos cuyos restos no pudieron ser hallados (fue el caso de los de Cervantes, Lope de Vega, Luis Vives, Antonio Pérez, Juan de Herrera, Velázquez, Claudio Coello, Tirso de Molina y otros). Finalmente este primer panteón se inauguró con boato el 20 de junio de 1869, acogiendo los restos de los poetas Juan de Mena, Garcilaso de la Vega y Alonso de Ercilla; los militares Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) y Federico Gravina; el humanista Ambrosio de Morales; el Justicia Mayor de Aragón Juan de Lanuza; los escritores Francisco de Quevedo y Pedro Calderón de la Barca; el político Zenón de Somodevilla y Bengoechea (Marqués de la Ensenada) y los arquitectos Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva. Los restos fueron depositados en una capilla y años después devueltos a sus lugares de origen, con lo que se cerró por un tiempo la idea de crear un panteón nacional.

La reina regente María Cristina, viuda del rey Alfonso XII, la retoma en 1890 y decide destinar a tal propósito parte del recinto de la futura Basílica de Atocha tal como ya hemos explicado (la elección venia abalada además por la circunstancia de que en el lugar estaban enterrados algunos ilustres personajes, como José de Palafox, Francisco Castaños, Manuel Gutiérrez de la Concha o Juan Prim, pues fueron directores del cuartel de Inválidos que se habilitó en parte de este recinto tras la salida de España de las tropas francesas). Finalizado el panteón se trasladaron a él en 1901 los restos de los anteriormente mencionados pero al igual que ocurriría con los de los políticos allí enterrados en años posteriores, todos fueron nuevamente trasladados a otros lugares, reclamados por sus ciudades de origen. Sólo permanece enterrado Canalejas.

Los monumentos funerarios que podemos contemplar actualmente en el Panteón de Hombres Ilustres, y que fueron esculpidos por artistas de la talla de Mariano Benlliure, Pedro Estany o Agustí Querol, son los siguientes:

  • José Canalejas
  • Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero
  • Práxedes Mateo Sagasta
  • Eduardo Dato
  • Antonio de los Ríos Rosas
  • Antonio Cánovas del Castillo
  • Mausoleo Conjunto
Panteón de Hombres Ilustre
   Dirección: c/ Julián Gayarre, 3
   Horario: 10 a 14 y 16 a 18:30 martes a sábado. Domingos de 10 a 15 h.
   Precio: entrada gratuita
   Metro más próximo: Atocha Renfe (salida Alfonso XII)

La muralla de Madrid

Madrid fue en el pasado una ciudad amurallada, pero actualmente, salvo pequeños y maltrechos restos dispersos aquí y allá, seguir el trazado de la muralla es más un acto imaginativo que un verdadero recorrido visual. No obstante, intentar hacerlo es un reto agradable y una forma de dar a nuestro posible paseo por el casco antiguo de la ciudad un objetivo diferente al simple deambular. ¿No te apetece hacerlo?

Debemos saber en primer lugar que Madrid ha sido amurallada en varias y sucesivas ocasiones. La primera de ellas fue en el siglo IX, cuando los árabes fundan sobre la colina situada en la margen izquierda del río Manzanares la que fue nuestra primigenia ciudad, una Mayrit que nació como acuartelamiento militar permanente desde el que poder vigilar y proteger el paso que había entre el puerto de Guadarrama y la ciudad de Toledo.

El amurallamiento de Mayrit se pivotó en torno a dos importantes núcleos muy cercanos entre sí pero que estaban físicamente separados. Por un lado estaba el alcazar o castillo para las tropas, situado sobre los terrenos que hoy ocupa el Palacio Real, y por otro estaba la "al-Mudayna" o ciudadela, donde vivía la población civil. La muralla de esta última envolvía un perímetro urbano que hoy queda comprendido entre la Plaza de la Armería, la Catedral de la Almudena, el Parque Mohamed I (inicio de la Cuesta de la Vega), ladera del viaducto, calles Pretil de los Consejos, Factor y cierre por Bailén. Los lienzos de dicho amurallamiento, construido en silex y piedra caliza, se encontraban regularmente salpicados de torres de planta cuadrada, así como por tres únicas puertas de acceso al recinto: de la Sagra, de la Vega y de Sta. María). De dicha muralla hoy sólo son visibles unos restos en el parque Mohamed I (también se han descubierto restos en las obras del futuro Museo de las Colecciones Reales, pero desconozco si serán visibles en su momento). Además se conservan, aunque sin ser exactamente parte de la muralla inicial pero sí de la fortificación islámica que se completó en el siglo XI, los restos de una atalaya, conocida como Torre de los Huesos. Pueden verse en el aparcamiento subterráneo de la Plaza de Oriente.

En el siglo XII, tras la conquista cristiana de la ciudad,  Alfonso VII decide reforzar y ampliar la muralla existente, pues los asentamientos de población habían crecido sensiblemente a su alrededor. Ahora el perímetro intramuros de la ciudad abarcará 35 hectáreas de terreno y se accederá al mismo por nuevas puertas que se suman a las abiertas en la etapa árabe: Puerta de Moros, Cerrada, de Guadalajara y de Valnadú. La muralla perimetral de la ciudad cristiana aprovecha el tramo árabe que mira al río Manzanares y, a la altura actual del viaducto, es donde se va a construir el nuevo tramo, que sube hacia la calle de los Mancebos (se conserva un trozo del muro a la altura de los números 3-5), llega a la plaza de Puerta de Moros y, desde allí, continuaba por la calles del Almendro (se ven restos en el solar cerrado por verja que hay en el nº 17) y Cava Baja (existen algunos restos en el interior de varios edificios de esta calle) hasta Puerta Cerrada. Continuaba la muralla por lo que ahora es la calle de Cuchilleros y la Cava de San Miguel (esta cava, como la anterior, hacer referencia a que allí antes había un foso) y cruzando la calle Mayor (es allí donde estaba la Puerta de Guadalajara) descendía por la calle del Espejo (en el nº 10 puede intuirse la existencia de una de las torres por la forma  de una zona del edificio, construido aprovechando la base antigua de dicha construcción ), continuaba por la calle Escalinata (el actual solar del edificio derribado junto a la plaza de Isabel II deja ver ahora parte del muro) y entrando ligeramente en lo que hoy es la Plaza de Ópera giraba por parte del actual Teatro Real y se dirigía hacía la Plaza de Oriente, dejando antes la última de las nuevas puertas, la de Valnadú. La muralla cerraba desde allí uniéndose al amurallamiento árabe que rodeaba el alcazar (actual Palacio Real).

Estas dos primeras murallas, la árabe y la cristiana , son las que se conocen como murallas medievales de Madrid y su trazado es el que yo te propongo especialmente que trates de recorrer en uno de tus paseos.

En el siglo XV una nueva muralla, la llamada Cerca del Arrabal, ampliaría otra vez el área intramuros de la creciente ciudad de Madrid. Esta va a extenderse ahora desde el viaducto a San Francisco el Grande, para desde allí subir hacia la plaza de la Latina, Cascorro, Tirso de Molina, plaza de Benavente, Sol, Callao, Sto. Domingo y vuelta al Palacio Real. De esta muralla no nos quedan restos visibles, pero si el recuerdo nominal de algunas de sus puertas, como la Puerta del Sol o la Puerta de Atocha (estaba no donde la actual glorieta, sino al comienzo de la calle de dicho nombre, junto a la Pza. de Jacinto Benavente).

El siglo XVI traerá para Madrid el cuarto de sus cerramientos perimetrales, aunque en esta ocasión los fines no serán ya defensivos como los anteriores sino fiscales y sanitarios (en las puertas se controlaban la entradas y salidas de personas y mercancías). Fue ordenada construir por Felipe II en 1566 y se extendía algo más allá de la anterior, hasta las proximidades de la Puerta de Toledo, la plaza de Antón Martín y la Red de San Luis. De esta cerca no queda actualmente ningún resto visible.

La quinta y última cerca es la de Felipe IV (siglo XVII) e igual que la anterior tenía un fin meramente recaudatorio y fiscalizador. Construida de ladrillo, argamasa y tierra, abarcaba ya un área bastante ampliaensiblemente mayor que la anteriorel único resto de muro que hoy puede verse lo tenemos al comienzo de la Ronda de Segovia (junto a la estación de bomberos). Nos queda sin embargo para el recuerdo el testimonio de algunas de los portillos y puertas y que tuvo esta muralla: Puerta de San Vicente, Puerta de Toledo, Portillo de Embajadores, Puerta de Alcalá, ...

La verdad es que es una pena que Madrid no haya sabido conservar como otras ciudades los restos de sus antiguas murallas. Hoy de ellas nos queda muy muy poco, pero no dejan por ello de ser testimonio visible de la historia de la ciudad y objeto por tanto  de interés para los que disfrutamos conociéndola, aunque tengamos que hacerlo en esta ocasión teniendo muy presentes aquellos versos de Quevedo que decían ...

                                                                 Miré los muros de la patria mía,
                                                                 si un tiempo fuertes ya desmoronados