Gatos al agua

Cuando el calor veraniego aprieta en la Comunidad de Madrid, bueno es conocer donde podemos los madrileños darnos un chapuzón refrescante más allá de las piscinas municipales o privadas de nuestro barrio. Aquí van algunas propuestas interesantes:

Pantano de San Juan (S. Matín de Valdeiglesias): Una de sus playas, la de la Virgen de la Nueva, cuenta con bandera azul, siendo la única con tal reconocimiento en la Comunidad de Madrid. Acceso gratuito.

Embalse de Picadas (Pelayos de la Presa): Hay zonas acotadas de este embalse para el baño. Puede hacerse también un agradable paseo por la vía verde que lo recorre. Acceso gratuito.

Las Presillas de Rascafría: Muy frecuentada los fines de semana, cuenta con amplia área verde y buena zona de baño en el propio río represado. Desde allí, alejándonos un poco, podemos ir a la cascada del Purgatorio. Acceso gratuito andando desde El Paular. En coche, aparcamiento 9 €.

La Isla (Rascafría): El área recreativa se encuentra en el km 31,700 de la carretera M-604 que nos lleva de Rascafría al Paular. La zona de baño es en el río y se dispone de amplia zona de campo. También existe un restaurante. Acceso gratuito.

Las Berceas de Cercedilla: Recinto de piscinas con agua serrana fresquita. Cuenta con vestuarios, merenderos, bar, etc. Abierto hasta el 2 de septiembre de 10 a 20 h. Entrada adultos 6 € (7€ fin de semana).

La Playa de los Villares (Estremara): En este municipio, a unos 60 kms de Madrid, existe una coqueta playa fluvial con servicios y un chiringuito.

El Arenal del Río Alberche (Aldea del Fresno): En este paraje unen sus cauces el río Perales y el Alberche y cuenta con zonas de arena, merendero, algunos chiringuitos e incluso duchas. Acceso gratuito. Aparcamiento 2€.

Riosequillo (Buitrago de Lozoya): Complejo cuenta con una larga piscina junto al río y amplia zona verde con sombrillas y área de pícnic. Entrada adultos 4€.

Pozas de Puebla de la Sierra: Algunos las conocen como las pozas de Berrueco, aunque realmente están en Puebla de la Sierra, cerca de Torrelaguna, en la caida de Somosierra. El acceso es gratuito a la mayor parte de las pozas naturales.

Polideportivo Puerta de Hierro (Ctra. Coruña, km 7): Este Complejo Deportivo, antígüamente conocido por los madrileños como El Parque Sindical, cuenta con la piscina al aire libre más extensa de Madrid. Acceso 4,5 €.


La zona de la Pedriza, en la que era posible el baño antes, ha dejado de serlo pues en el verano del 2016 la Comunidad prohibió el baño en todas sus pozas y chascas (la más famosa era la Charca Verde). ¡Lástima! Compensemos no obstante esta pérdida incorporando a nuestra relación de áreas de baño dos interesantes lugares que aunque pertenecientes a Segovia, limitan con la Comunidad de Madrid:

Área recreativa del Chorro (Navafría): Zona serrana muy arbolada, cuenta con mesas y cocinas de barbacoa. Hay también un restaurante. El baño es posible en varias lagunillas artificiales con agua del río. Cerca, a 20 minutos de marcha, se alcanza la vistosa cascada de El Chorro. Aparcamiento 5 €.

Área recreativa de La Panera (El Espinar-estación): Amplia zona arbolada que cuenta con mesas y cocinas de barbacoa. Hay también un bar que ofrece comidas. Dispone de piscina de adultos e infantil. Aparcamiento 6 €.

Ruta de senderismo: Subida a Cabeza Lijar

La cumbre del monte de Cabeza Lijar es con sus 1823 m el  punto más alto del municipio de Guadarrama y el límite provincial de tres provincias colindantes: Madrid, Segovia y Ávila. La subida a dicha cumbre se encuentra en los orígenes del montañismo madrileño y, si eres amante de los paseos de naturaleza, esta puede ser sin duda una ruta de las que merece la pena que no te pierdas, pues no siendo dura en exceso te va a permitir disfrutar de unas inmejorables vistas panorámicas y descubrir de paso algunos restos de construcciones que datan de la pasada Guerra Civil, como el fortín y observatorio existente en la cima y sobre el que se ha construido un mirador (realmente toda la zona en torno al Alto del León conserva aún numerosos restos de edificaciones de dicha contienda: bunkers, puestos de ametralladora, refugios, trincheras, parapetos, etc).


La ruta por la Cuenca del Guadarrama que aquí se propone es de carácter circular, con una longitud totad de entorno a los 10,5 km. Como ya señalé no tiene excesiva dificultad, aunque eso sí, hay que subir y bajar pendiente. Comenzaremos nuestro recorrido en el mismo Alto del León (conocido por muchos más como el Puerto de los Leones). Hasta allí lo mejor es ir en coche y dejarlo aparcarlo en el parking del restaurante-asador. Ya a pie, nos dirigiremos hacia la derecha de dicho establecimiento para tomar el camino inicialmente asfaltado que allí parte y que indica dirección Camorritos. Caminando dejaremos atrás la estación militar de radiotransmisiones y poco después pasaremos un paso canadiense (esa especie de barrera horizontal metálica que impide que el ganado lo cruce pero posibilita el acceso de personas y vehículos). Nada más pasarlo dejaremos la carretera y tomaremos el sendero que a la derecha asciende entre pinos hacia el monte, en concreto al conocido como Cerro Piñonero. En el alto de este, ligeramente escorado hacia el lado izquierdo de la cumbre, existe un bunker-observación desde el que se controlaban los posibles movimientos de tropas en el valle y que hoy, por suerte sin intenciones belicosas, nos permite admirar el paisaje.

Regresamos de nuevo a nuestra senda, que atraviesa la cumbre, y en inicial bajada encaminaremos ahora nuestros pasos hacia Cabeza Lijar que el la cumbre que se nos muestra justo enfrente un poco a la derecha. Seguiremos como antes las marcas del GR 10 y marcas azules, pasando por el llamado Collado de la Gasca, en donde tendremos que cruzar por una puerta al lado Segoviano. A partir de allí comienza la subida a Cabeza Lijar y es sin duda la parte más dura del recorrido pues a la pendiente se suman algunos tramos con piedras que se van superando sin grandes dificultades si nos los tomamos con calma. En la cima tenemos la recompensa a nuestro esfuerzo: Unas vistas increíbles.

Tras la subida a la cima ahora toca bajar, y lo haremos continuando por el sendero. Tendremos que atravesar la valla y aunque en algún tramo perdamos la referencia de las señales no hay pega, pues deberemos salir al camino de Camorritos que se encuentra en el lado izquierdo del cerro. Una vez en el mismo sólo nos queda ya volver por dicho camino hasta el que fue nuestro punto de partida.

El esfuerzo realizado seguro que nos habrá merecido la pena y podemos celebrarlo tomándonos en la cafetería restaurante un refrigerio, o una bebida calentita si el tiempo serrano lo aconseja mejor opción.

¡Disfrutarlo!

Los monarcas desplazados

Las 20 estatuas que adornan los laterales de la Plaza de Oriente son popularmente conocidas por los madrileños como las de los reyes godos, aunque en realidad solo algunas de ellas representan realmente a monarcas anteriores al 711, fecha en que estos dejaron de reinar en nuestro país. La generalización sin duda tiene algo que ver con el estigma que durante años supuso para los estudiantes españoles el aprendizaje memorístico, completo y cronológico, de los 33 monarcas visigóticos que desde Ataulfo hasta Rodrigo gobernaron la mayor parte de la península Ibérica desde el siglo V hasta la invasión musulmana. ¡La famosa "lista de los Reyes Godos!.

Esta estatuas son realmente parte de un gran proyecto con el que se pretendía ornamentar la cornisa y balaustradas del Palacio Real, y que se vio frustrado tras un cambio final de planes. Veamos seguidamente con un poco de detalle la historia de estas estatuas:

Tras el incendio sufrido por el Real Alcazar madrileño en la Nochebuena de 1734, el rey del momento, Felipe V, decide construir sobre sus ruinas el nuevo Palacio Real que hoy admiramos. La madera, predominante en el edificio anterior, es ahora remplazada por robusta piedra que minimiza nuevos riesgos y, de paso, todo el palacio se ajusta a la estética barroca que estaba de moda ya por entonces. Para completar la decoración exterior del palacio, cuyas obras se acometieron entre 1738 y 1755, se planteó una ornamentación que reforzase el sentimiento real, ideándose entonces el proyecto de representar a todos los reyes que hasta ese momento había tenido España. Se encargó al erudito benedictino Fray Martín Sarmiento (1695-1772) la dirección iconografico de una historia de España a través de esculturas individualizadas de cada uno de sus reyes y el proyecto fue fielmente cumplido, esculpiéndose en total 108 estatuas, representativas de la monarquía hispana desde los reyes godos hasta los Borbones, e incluyendo además algunos grandes personajes vinculados con el Imperio, como los emperadores de México y Perú.

Las esculturas, labradas todas en piedra blanca y de similares dimensiones, muestran un valor artístico desigual, pues no sólo son fruto de diversos escultores, sino que debemos tener presente además que la mayoría se hicieron para ser contempladas a distancia y por tanto no siempre se han trabajado bien los detalles. Pese a todo, su valor iconográfico es alto. Curioso, por ejemplo es el significado de los escudos que aparecen junto a muchas de las figuras y que hacen referencia al cónyuge, indicando, si está a la izquierda y contiene el retrato de la esposa (hay también algún hormbre, pues hubo reinas), que esta fue madre de heredero de la corona. Si el heredero no era el hijo legítimo el escudo del rey queda sin labrar y en él no aparece el rostro de su esposa, y si el escudo se sitúa a la derecha y no pegado a su cuerpo, significa que ninguno de los cónyuges eran los padres del sucesor del trono. ¡Toda una simbología esculpida en piedra para la historia!

Como ya comenté, la idea inicial era que todas estas estatuas adornasen las balaustradas y coronases las cuatro fachadas del Palacio Real, pero la gran mayoría de ellas nunca llegó a ocupar dicho lugar. Cuenta una leyenda madrileña que fue Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, quién pidió a su esposo que no se pusiesen finalmente sobre la cornisa, pues una noche tuvo una pesadilla en la que soñó que se producía un terremoto en el Palacio Real y una de las enormes esculturas le caía encima y la mataba. La verdad parece que fue sin embargo menos onírica y apunta que fue Sabatini, el arquitecto encargado de la conclusión de las obras del Palacio, quien sugirió a Carlos III, el monarca reinante ya entonces y que sería en verdad el primer inquilino real del Palacio, que no se izasen sobre la cornisa, tanto por prudencia para no sobrecargar el peso del edificio (cada estatua pesa unas tres toneladas) como por sobriedad estética, ya que la ostentación barroca había pasado de moda y ahora se llevaba el más austero estilo neoclásico. ¡Eran demasiados reyes por encima de la cabeza del monarca!

Despojadas de su propósito inicial de ornamentación palaciega y despreciado el sentido pedagógico que Sarmiento pretendió dar al conjunto unido de todas ellas, las estatuas empezaron poco a poco a ser distribuidas por plazas y jardines, no sólo de la capital, sino tambien de otras ciudades españolas (Toledo, Burgos, Vitoria, Logroño y Pamplona son algunos ejemplos de destinos). En Madrid, las que se decidió finalmente no mantener en la fachada del Palacio Real fueron repartiéndose por la Plaza de Oriente, los jardines de Sabatini, El Retiro, la fachada del Museo del Ejército y la Glorieta de las Pirámides (hoy estas últimas ya no están, pero la foto anexa de tiempos de la Guerra Civil nos ofrece testimonio de su existencia).

Para el paseante curioso puede ser un aliciente motivador el redescubrir personalmente qué estatuas son las que permanecen en la ciudad. No hay aparentemente demasiada lógica en la distribución de las figuras, pero quizás tu descubras nexos. Por ejemplo, al primer y último rey godo los tenemos relativamente cerca uno de otro en la Plaza de Oriente. ¡Algo es algo!


El siguiente enlace puede ayudarte a localizar las estatuas: http://commons.wikimedia.org/wiki/Estatuas_del_Palacio_Real_de_Madrid


Arroyo Meaques (Casa de Campo)


La Casa de Campo madrileña, nuestro gran pulmón verde, es atravesada por varios arroyos de pequeño caudal que van aportando sus modestas aguas al río Manzanares, siendo de ellos los denominados Meaques y Antequina los únicos que lo hacen de forma permanente a lo largo del año. De estos dos arroyos, el Meaques es el más relevante y a él voy a dedicar hoy la entrada de este blog, invitando a quienes gusten de pasear en bicicleta o a pie a acompañarlo a lo largo de su discurrir por el parque. El recorrido, que tendrá unos cinco kilómetros, es cómodo y, a parte de disfrutar con el paseo, nos va a permitir conocer significativas construcciones, algunas existentes desde el siglo XVIII.

Nuestro Arroyo Meaques nace allá por el paraje conocido como Ventorro del Cano, en el término municipal de Alcorcón fronterizo con el de Pozuelo. Tras avanzar bordeando la Ciudad de la Imagen por la parte trasera de los cines Kinépolis, el arroyo va a entrar en la Casa de Campo a través de la colonia Santa Mónica (recomiendo, si vamos a hacer el recorrido a pie, desplazarnos en metro hasta la estación de Colonia Jardín y desde allí bajar caminando hasta la tapia de la Casa de Campo, que no está lejos).


Como ya comenté en una entrada anterior, la Casa de Campo madrileña fue coto privado de la realeza durante gran parte de su historia, debiéndose a Carlos III el encargo del cerramiento perimetral completo del recinto. Así, tanto el muro de ladrillo y piedra existente, como varias puertas y enrejados fluviales que lo jalonan y hoy podemos ver, corresponden al siglo XVIII, siendo el responsable de su construcción, como también de diversos elementos funcionales y ornamentales del interior del parque, el afamado arquitecto Francesco Sabatini. Es por ello que nuestro primer foco de interés en el recorrido que hoy hacemos vamos a encontrarlo en la misma entrada al parque del cauce original del arroyo: La Reja de Meaques (actualmente el agua del arroyo llega canalizada bajo tierra a este punto, por lo que no la veremos hasta que nos adentremos unos metros en la Casa de Campo).

A poca distancia de la Reja de Meaques encontramos nuestro segundo punto de interés: El Puente de la Culebra (1782), sin duda el más bonito de los cinco puentes sobre el arroyo proyectados por Sabatini (Culebra, Batán, Álamo Negro, Siete Hermanas y Agachadiza) y de los que hay que decir que actualmente se conservan total o parcialmente sólo tres. El nombre de Puente de la Culebra se entiende rápidamente en este caso al observar el original trazado serpenteante que tiene. Cerca de él, en su orilla derecha, encontraremos algunos restos de varias fortificaciones de la Guerra Civil (parece ser que fueron polvorines de las tropas franquistas) y un poco más adelante, una pequeña presa que embalsa el arroyo y forma allí un estanque relativamente hermoso en el que habitan patos y alguna que otra ave acuática.

Seguiremos nuestra marcha por cualquiera de las márgenes del arroyo y, tras un buen rato, alcanzaremos uno de los costados de la valla perimetral del Zoo. Allí un nuevo puente de Sabatini, conocido como el del Álamo Negro, cruza el cauce, aunque su vista no va a merecernos especial interés pues carece de ornamentación y está además muy transformado (el original fue semidestruido en la riada de 1995). Nuestro recorrido deberá abandonar por un rato la cercanía del arroyo pues este se adentra en el interior del Zoo . Deberemos bordear el recinto y, aunque podemos hacerlo por cualquiera de sus lados, nos será más cómodo por la derecha, dirigiéndonos hacia lo que es la entrada principal del Zoo. Si así lo hacemos descubriremos, en nuestro paso junto al vértice del vallado, los curiosos restos de la que fue Ermita de San Pedro, erigida en 1954.

Retomando nuestro acompañamiento al Arroyo Meaques una vez superado el Zoo, avanzaremos por la orilla derecha de este hasta alcanzar el llamado "Puente de Hierro" que es de factura contemporánea (en su proximidad encontramos varios de los árboles singulares de la Casa de Campo). Recomiendo cruzar el puente y seguir nuestra marcha ya por la margen izquierda del arroyo, pues nos alejaremos así algo de bullicio del cercano Parque de Atracciones y disfrutaremos más de la naturaleza que nos ofrece el encinar del Fraile. En el recorrido de este tramo pasaremos junto a la popular fuente de los Tres Caños, llegando poco después al puente del Batán (es una replica moderna del que en su día diseño allí Sabatini) y algo más allá al de las Siete Hermanas (muy dañado también en la riada de 1995). Seguimos nuestro avance, siempre ya por la margen izquierda (en la de la derecha del arroyo se levanta el Albergue Juvenil Richard Schirrmann, nombre del fundador de la red mundial de albergues juveniles, y que funciona desde 1947). Tras pasar junto al conocidísimo Pinar de las Siete Hermanas alcanzaremos el reconstruido puente de la Agachadiza, que durante la Guerra Civil sufrió grandes desperfectos (hay que recordar que esta zona formó parte de la línea del frente entre finales del 1936 y abril de 1939).

Siguiendo nuestro recorrido de acompañamiento al Meaques entraremos ahora en el conocido como Paseo de los Castaños que nos llevará ya hasta El Lago, final de nuestra visión del arroyo, pues allí, junto a la Fuente de Los Neveros (el nombre hace alusión a los pozos de nieve que se encontraban antiguamente en el lugar y que se nutrían por lo visto del hielo recogido en el estanque durante los fríos inviernos), el arroyo se introduce en un colector e irá ya soterrado hasta su encuentro con el río Manzanares. Pero, aunque ya no veamos el arroyo propiamente dicho, propongo seguir de frente para, llegados al Embarcadero, continuar hasta la Puerta del Rey, entrada principal de la Casa de Campo, y en cuya proximidad el Meaques tiene la desembocadura. En este tramo encontraremos vestigios de las antiguas canalizaciones de tiempos de Carlos III por las que se derivaba agua para abastecer los jardines del Palacete de Iván de Vargas y el regadío de la huerta de la Partida. El acueducto junto a la curva de la carretera interior de la Casa de Campo es seguramente el recuerdo visible más llamativo.

 

La muralla de Madrid

Madrid fue en el pasado una ciudad amurallada, pero actualmente, salvo pequeños y maltrechos restos dispersos aquí y allá, seguir el trazado de la muralla es más un acto imaginativo que un verdadero recorrido visual. No obstante, intentar hacerlo es un reto agradable y una forma de dar a nuestro posible paseo por el casco antiguo de la ciudad un objetivo diferente al simple deambular. ¿No te apetece hacerlo?

Debemos saber en primer lugar que Madrid ha sido amurallada en varias y sucesivas ocasiones. La primera de ellas fue en el siglo IX, cuando los árabes fundan sobre la colina situada en la margen izquierda del río Manzanares la que fue nuestra primigenia ciudad, una Mayrit que nació como acuartelamiento militar permanente desde el que poder vigilar y proteger el paso que había entre el puerto de Guadarrama y la ciudad de Toledo.

El amurallamiento de Mayrit se pivotó en torno a dos importantes núcleos muy cercanos entre sí pero que estaban físicamente separados. Por un lado estaba el alcazar o castillo para las tropas, situado sobre los terrenos que hoy ocupa el Palacio Real, y por otro estaba la "al-Mudayna" o ciudadela, donde vivía la población civil. La muralla de esta última envolvía un perímetro urbano que hoy queda comprendido entre la Plaza de la Armería, la Catedral de la Almudena, el Parque Mohamed I (inicio de la Cuesta de la Vega), ladera del viaducto, calles Pretil de los Consejos, Factor y cierre por Bailén. Los lienzos de dicho amurallamiento, construido en silex y piedra caliza, se encontraban regularmente salpicados de torres de planta cuadrada, así como por tres únicas puertas de acceso al recinto: de la Sagra, de la Vega y de Sta. María). De dicha muralla hoy sólo son visibles unos restos en el parque Mohamed I (también se han descubierto restos en las obras del futuro Museo de las Colecciones Reales, pero desconozco si serán visibles en su momento). Además se conservan, aunque sin ser exactamente parte de la muralla inicial pero sí de la fortificación islámica que se completó en el siglo XI, los restos de una atalaya, conocida como Torre de los Huesos. Pueden verse en el aparcamiento subterráneo de la Plaza de Oriente.

En el siglo XII, tras la conquista cristiana de la ciudad,  Alfonso VII decide reforzar y ampliar la muralla existente, pues los asentamientos de población habían crecido sensiblemente a su alrededor. Ahora el perímetro intramuros de la ciudad abarcará 35 hectáreas de terreno y se accederá al mismo por nuevas puertas que se suman a las abiertas en la etapa árabe: Puerta de Moros, Cerrada, de Guadalajara y de Valnadú. La muralla perimetral de la ciudad cristiana aprovecha el tramo árabe que mira al río Manzanares y, a la altura actual del viaducto, es donde se va a construir el nuevo tramo, que sube hacia la calle de los Mancebos (se conserva un trozo del muro a la altura de los números 3-5), llega a la plaza de Puerta de Moros y, desde allí, continuaba por la calles del Almendro (se ven restos en el solar cerrado por verja que hay en el nº 17) y Cava Baja (existen algunos restos en el interior de varios edificios de esta calle) hasta Puerta Cerrada. Continuaba la muralla por lo que ahora es la calle de Cuchilleros y la Cava de San Miguel (esta cava, como la anterior, hacer referencia a que allí antes había un foso) y cruzando la calle Mayor (es allí donde estaba la Puerta de Guadalajara) descendía por la calle del Espejo (en el nº 10 puede intuirse la existencia de una de las torres por la forma  de una zona del edificio, construido aprovechando la base antigua de dicha construcción ), continuaba por la calle Escalinata (el actual solar del edificio derribado junto a la plaza de Isabel II deja ver ahora parte del muro) y entrando ligeramente en lo que hoy es la Plaza de Ópera giraba por parte del actual Teatro Real y se dirigía hacía la Plaza de Oriente, dejando antes la última de las nuevas puertas, la de Valnadú. La muralla cerraba desde allí uniéndose al amurallamiento árabe que rodeaba el alcazar (actual Palacio Real).

Estas dos primeras murallas, la árabe y la cristiana , son las que se conocen como murallas medievales de Madrid y su trazado es el que yo te propongo especialmente que trates de recorrer en uno de tus paseos.

En el siglo XV una nueva muralla, la llamada Cerca del Arrabal, ampliaría otra vez el área intramuros de la creciente ciudad de Madrid. Esta va a extenderse ahora desde el viaducto a San Francisco el Grande, para desde allí subir hacia la plaza de la Latina, Cascorro, Tirso de Molina, plaza de Benavente, Sol, Callao, Sto. Domingo y vuelta al Palacio Real. De esta muralla no nos quedan restos visibles, pero si el recuerdo nominal de algunas de sus puertas, como la Puerta del Sol o la Puerta de Atocha (estaba no donde la actual glorieta, sino al comienzo de la calle de dicho nombre, junto a la Pza. de Jacinto Benavente).

El siglo XVI traerá para Madrid el cuarto de sus cerramientos perimetrales, aunque en esta ocasión los fines no serán ya defensivos como los anteriores sino fiscales y sanitarios (en las puertas se controlaban la entradas y salidas de personas y mercancías). Fue ordenada construir por Felipe II en 1566 y se extendía algo más allá de la anterior, hasta las proximidades de la Puerta de Toledo, la plaza de Antón Martín y la Red de San Luis. De esta cerca no queda actualmente ningún resto visible.

La quinta y última cerca es la de Felipe IV (siglo XVII) e igual que la anterior tenía un fin meramente recaudatorio y fiscalizador. Construida de ladrillo, argamasa y tierra, abarcaba ya un área bastante ampliaensiblemente mayor que la anteriorel único resto de muro que hoy puede verse lo tenemos al comienzo de la Ronda de Segovia (junto a la estación de bomberos). Nos queda sin embargo para el recuerdo el testimonio de algunas de los portillos y puertas y que tuvo esta muralla: Puerta de San Vicente, Puerta de Toledo, Portillo de Embajadores, Puerta de Alcalá, ...

La verdad es que es una pena que Madrid no haya sabido conservar como otras ciudades los restos de sus antiguas murallas. Hoy de ellas nos queda muy muy poco, pero no dejan por ello de ser testimonio visible de la historia de la ciudad y objeto por tanto  de interés para los que disfrutamos conociéndola, aunque tengamos que hacerlo en esta ocasión teniendo muy presentes aquellos versos de Quevedo que decían ...

                                                                 Miré los muros de la patria mía,
                                                                 si un tiempo fuertes ya desmoronados

Panteón de Hombres Ilustres

El Panteón de Hombres Ilustres, ambicioso proyecto creado en el siglo XIX y que hoy acoge sólo realmente los restos mortales de José Canalejas, es un interesante lugar que merece nuestra atención y visita, tanto por el edificio como por que los monumentos funerarios que alberga, obra de algunos de los mejores escultores españoles de la época. Está situado junto a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, ocupando el claustro de un monumental conjunto arquitectónico inicial que no llegó a culminarse, pues solo se construyó éste y el campanario (hoy inaccesible, al menos para visitantes). Repasemos un poco de historia al respecto antes de centrarnos en el contenido del Panteón:

Desde muy antiguo, existió en el lugar al que hoy nos referimos una ermita a la que se llamó de Atocha, por encontrarse por lo visto en sus alrededores abundancia de unas plantas parecidas al esparto llamadas "atochas" (hay quienes defienden también que el nombre proviene en realidad de la palabra Antioquia, derivada en antiocha por corrupción del lenguaje y de ella en atocha, al considerar que es de ese lugar de donde se cree procede la imagen). Sobre esta primitiva ermita, muy deteriorada por el paso del tiempo, se construyó en el siglo XVI una gran iglesia y un convento de dominicos. Su impulsor fue fray Juan Hurtado de Mendoza, confesor del rey Carlos V. La realeza española sintió desde entonces especial predilección devota por la Virgen de Atocha, sirviendo como ejemplo de ello que Felipe II, cuando iba a combatir y cuando regresaba victorioso de una batalla, visitaba siempre el santuario para rogar ayuda divina y dar gracias. El reconocimiento Real llegó con Felipe IV, quien proclamó en 1643 a la Virgen protectora de la Familia Real y de la Monarquía española (recordemos como curiosidad que se mantiene aún una tradición en la Familia Real española de que las reinas y Princesas de Asturias acudan a la Basílica de Atocha a presentar ante su Virgen a los nuevos príncipes que nazcan, siguiendo un rito iniciado por la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena con su hijo, el futuro Alfonso XIII. Así el Príncipe Felipe y Letizia Ortiz llevaron a sus hijas las Infantas Leonor y Sofía, al igual que anteriormente hicieron el rey Juan Carlos I y Sofía de Grecia con sus hijos Felipe, Elena y Cristina).

En 1808, con motivo de la invasión napoleónica, el complejo religioso va a sufrir un grave deterioro. Las tropas francesas expulsan a los religiosos y convierten el lugar en cuartel, produciéndose el robo y destrucción de innumerables obras de arte existentes. Finalizada la invasión, los dominicos vuelven al convento, pero el recinto, bastante deteriorado, ya no recuperará el esplendor de antaño pese a ser ascendida a Basílica en 1863 (fue la primera de las cinco que actualmente hay en la ciudad de Madrid).

En 1888, la reina regente María Cristina, viuda de Alfonso XII, al ver el estado en que se encontraban los edificios, mandó el derribo de los mismos y ordenó la construcción de otro complejo en donde se incluiría, adosado al templo, un Panteón de Hombres Ilustres. El concurso público lo ganó el arquitecto Fernando Arbós y Tremanti, proyectando una basílica en estilo neobizantino, con un campanile exento y un panteón inspirado en el Camposanto de Pisa. Las obras empezaron en 1891, pero los altos costes del proyecto, junto con la necesidad de llevar a cabo paralelamente otra gran obra, que era la Cripta de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena, hizo que en 1899 finalizaran los trabajos, habiéndose construido hasta entonces sólo el claustro-panteón y la torre-campanario. La congregación de dominicos prosiguió por su cuenta las obras de la nueva iglesia, aunque sin seguir ya el proyecto arquitectónico inicial. No obstante, la que actualmente vemos data de 1951, pues el 20 de julio de 1936, durante la Guerra Civil, convento e iglesia fueron incendiados, perdiéndose todas las obras de arte excepto la imagen de la Virgen de Atocha que se había ocultado previamente en un domicilio particular.

Entendido ya el origen del por qué el claustro-panteón que nos ocupa e interesa no guarda relación arquitectónica con la iglesia aneja, volvamos a centrarnos en el Panteón, aunque haciendo nuevamente un pequeño paréntesis histórico para conocer el por qué aquí de un recinto funerario para nuestros “hombres ilustres”: parece ser que en 1837 las Cortes Generales votaron un proyecto para convertir la iglesia de San Francisco el Grande en Panteón Nacional de Hombres Ilustres, que acogería los restos mortales de los personajes considerados de especial relevancia en la historia de España, los cuales deberían ser elegidos por las Cortes pasados cincuenta años de su fallecimiento. Se propusieron muchos nombres, descartándose con el tiempo los de aquellos cuyos restos no pudieron ser hallados (fue el caso de los de Cervantes, Lope de Vega, Luis Vives, Antonio Pérez, Juan de Herrera, Velázquez, Claudio Coello, Tirso de Molina y otros). Finalmente este primer panteón se inauguró con boato el 20 de junio de 1869, acogiendo los restos de los poetas Juan de Mena, Garcilaso de la Vega y Alonso de Ercilla; los militares Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) y Federico Gravina; el humanista Ambrosio de Morales; el Justicia Mayor de Aragón Juan de Lanuza; los escritores Francisco de Quevedo y Pedro Calderón de la Barca; el político Zenón de Somodevilla y Bengoechea (Marqués de la Ensenada) y los arquitectos Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva. Los restos fueron depositados en una capilla y años después devueltos a sus lugares de origen, con lo que se cerró por un tiempo la idea de crear un panteón nacional.

La reina regente María Cristina, viuda del rey Alfonso XII, la retoma en 1890 y decide destinar a tal propósito parte del recinto de la futura Basílica de Atocha tal como ya hemos explicado (la elección venia abalada además por la circunstancia de que en el lugar estaban enterrados algunos ilustres personajes, como José de Palafox, Francisco Castaños, Manuel Gutiérrez de la Concha o Juan Prim, pues fueron directores del cuartel de Inválidos que se habilitó en parte de este recinto tras la salida de España de las tropas francesas). Finalizado el panteón se trasladaron a él en 1901 los restos de los anteriormente mencionados pero al igual que ocurriría con los de los políticos allí enterrados en años posteriores, todos fueron nuevamente trasladados a otros lugares, reclamados por sus ciudades de origen. Sólo permanece enterrado Canalejas.

Los monumentos funerarios que podemos contemplar actualmente en el Panteón de Hombres Ilustres, y que fueron esculpidos por artistas de la talla de Mariano Benlliure, Pedro Estany o Agustí Querol, son los siguientes:

  • José Canalejas
  • Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero
  • Práxedes Mateo Sagasta
  • Eduardo Dato
  • Antonio de los Ríos Rosas
  • Antonio Cánovas del Castillo
  • Mausoleo Conjunto
Panteón de Hombres Ilustre
   Dirección: c/ Julián Gayarre, 3
   Horario: 10 a 14 y 16 a 18:30 martes a sábado. Domingos de 10 a 15 h.
   Precio: entrada gratuita
   Metro más próximo: Atocha Renfe (salida Alfonso XII)

Entre Navalafuente y Valdemanco

La ruta que hoy traigo a colación es la que une las poblaciones de Navalafuente y Valdemanco, un circuito senderista de perfil moderado tirando a sencillo que nos permite disfrutar de las estribaciones de la sierra norte de Guadarrama en un recorrido por el valle que se encuentra protegido por el perfil montañoso de las Sierras de la Morcuera y la Cabrera.

El hito natural más destacado de esta ruta lo encontraremos muy cerca de Navalafuente. Se trata de la cascada del Cancho, un vistoso salto de agua que nos ofrece el arroyo Gargüera, afluente del río Guadalix, al atravesar el barranco que lo encajona ya cerca de la linde del pueblo y que en estas fechas, con el deshielo de la nieve en las cumbres de la sierra, se muestra pletórico de caudal. Algo más arriba de la cascada se intuye la presencia de algunos saltos más, pero son de difícil accesibilidad, por lo que nos deberemos conformar con imaginar su presencia a través del sonido que flota en el ambiente.

La ruta senderista que propongo y cuyo detalle puedes como en otras ocasiones ver pulsando sobre el enlace que te facilito al final del texto, deja no obstante la cascada del Cancho para el final, pues aunque está próxima al punto de salida, resulta un buen broche a nuestro paseo, camino que no nos resultará dificultoso pues carece de grandes desniveles en general, siendo la parte más exigente la que discurre precisamente junto al barranco del Gargüera, cuando nos toque ir bajando hacia el arroyo. El valle lo recorreremos en la ida por la derecha, siguiendo en parte el trazado del arroyo Albalá, para tras atravesar una zona de pradería y dehesa terminar  llegando a Valdemanco. El regreso a Navalafuente lo haremos siguiendo la vía pecunaria que discurre algo más elevada y que nos va a permitir tener una visión amplia de la zona. La jara, ahora en flor, el cantueso y el tomillo contribuyen al placer del paseo campestre esparciendo en el aire su aroma y, aunque no es un recorrido a hacer en días demasiado calurosos por atravesar amplias zonas de escaso arbolado, junto a las zonas próximas a los arroyos, encontramos proliferación de chopos, sauces y alisos que aportan agradable sombra.

El elemento destacado en buena parte de esta ruta va a ser el granito, piedra representativa de nuestra sierra madrileña y que aquí cobra protagonismo, no sólo por verla en su estado natural sino por la presencia de una gran cantera para su extracción (cantera de Navazales) y la existencia testimonial en el recorrido de diversos elementos representativos del uso que tradicionalmente se ha dado a esta piedra (puentes, piletas, muros, muelas de molino, potros de herrar, etc). En línea con la buena costumbre de complementar el placer del pasear con algo de “culturilla” sobre aspectos de nuestro recorrido completaré esta entrada de blog con una breve información en torno al granito y el trabajo de cantería que aquí se lleva a cabo.

De nuestra etapa escolar casi todos recordamos aquello de que el granito es una roca producto del enfriamiento lento durante siglos del magma del interior de la tierra y que se compone en esencia de tres minerales: Cuarzo, feldespato y mica. También sabemos que el granito es utilizado mucho en la construcción por su dureza y resistencia. ¿Algo más?

El granito efectivamente es y ha sido desde hace mucho tiempo un elemento importante en la construcción y, debido a su abundancia y calidad, el granito del área madrileña reconocido como uno de los mejores. De las canteras madrileñas salió el granito para construir, por ejemplo, La Puerta de Alcalá, el museo de El Prado, El Palacio Real, la Catedral de la Almudena,  o el monasterio de El Escorial, y de dichas canteras también partió el granito para grandes edificaciones más allá de nuestro país, como es el caso de los aeropuertos de Atenas y Cork, el consulado británico de Hong Kong o varios modernos centros comerciales de China.

Inicialmente fueron las canteras de Alpedrete, Zarzalejo y Colmenar Viejo las que mayoritariamente proporcionaron la piedra para las grandes y pequeñas construcciones en Madrid, aunque a ellas fueron sumándose con el tiempo otras. Actualmente la región madrileña cuenta con 28 canteras de piedra granítica en explotación, que se hallan dispersas en un arco que abarca desde Cadalso de los Vidrios hasta Colmenar. En Cadalso abunda la variedad conocida como monzogranito de grano grueso, de tonos rosáceos. Hay importantes hitos en San Martín de Valdeiglesias, con monzogranitos de grano medio, y en Chapinería, El Escorial, Galapagar-Torrelodones, Guadarrama, Collado Mediano, Alpedrete, Zarzalejo, Moralzarzal, donde el granito recibe el nombre de piedra berroqueña; y en Navalagamella, Sieteiglesias, El Berrueco, El Boalo, Bustarviejo, Valdemanco y La Cabrera, entre otros enclaves.

La cantera de Navazales II, la que bordearemos en nuestra ruta, es actualmente la segunda cantera de granito más extensa de la región (la primera es la de Marcelino Martínez, en Cadalso de los Vidrios). La concesión de explotación de esta cantera se concedió en enero de 1.989 y su explotación ha sido recientemente renovada por 30 años más, desarrollando sus trabajos mineros en dos unidades de explotación próximas denominadas Unidad de Explotación Norte y Unidad de Explotación Sur. El recurso que se explota, al amparo de este derecho minero, es granito ornamental para la obtención de bloques, que una vez extraídos sirven para ser suministrados a la industria de transformación de la piedra natural (se hacen, por ejemplo, baldosas, adoquines, bordillos, placas, plaquetas, etc). Mineralógicamente, el granito aquí extraído está constituida por los siguientes minerales: cuarzo (32%), feldespato potásico (29%), plagioclasa (29%), biotita (9%) y minerales accesorios (1%).

Además de la extracción de bloques de granito para su empleo como piedra ornamental, en la cantera se lleva a cabo la trituración del granito procedente de los descartes o sobrante. Los áridos así producidos, en diferentes fracciones granulométricas, son suministrados, por ejemplo, para la elaboración de hormigón, mortero, para drenajes, etc.

Lejos queda ya el trabajo manual de los antiguos canteros, incluso el de las voladuras en masa del macizo rocoso con explosivos de pólvora, dinamita o gelatina explosiva, en los que el barrenado consistía en abrir una cavidad cilíndrica en la roca con mazas  y distribuir en los huecos abiertos cargas interconectadas que se activaban por inflamación eléctrica. Hoy, para el corte de la piedra se aplica hilo de diamante, disco metálico, chorro de agua, láser, haces de electrones y reactivos, plasma o cementos expansivos.

Apuntar por último en torno al tema del granito que asociada a su presencia también lo es la de otro elemento gaseoso, la del radón. El granito, junto a algunos tipos de pizarra y los yesos fosfatados, figura entre los materiales que emiten mayores concentraciones de radón. El gas radiactivo es inofensivo en el espacio exterior, pero puede tener graves consecuencias para la salud cuando se acumula en espacios cerrados por encima de ciertos límites (por encima de cuatro picocurios por litro de aire). Al tratarse de un gas pesado (siete veces y media más que el aire), tiende a concentrarse sobre todo en sótanos y viviendas bajas. Es por ello que las personas que viven en zonas graníticas (en España Galicia es la comunidad autónoma más expuesta, junto con Asturias, parte de Cataluña  y la sierra madrileña) deben guardar ciertas precauciones, siendo el remedio casero más sencillo para minimizar las concentraciones de radón en sus casas abrir de par en par las ventanas al menos una vez al día o colocar, especialmente en las áreas más bajas, como sótanos y garajes, un extractor que facilite de cuando en cuando la salida del aire al exterior.

Detalle de la ruta aquí propuesta.