Los monarcas desplazados

Las 20 estatuas que adornan los laterales de la Plaza de Oriente son popularmente conocidas por los madrileños como las de los reyes godos, aunque en realidad solo algunas de ellas representan realmente a monarcas anteriores al 711, fecha en que estos dejaron de reinar en nuestro país. La generalización sin duda tiene algo que ver con el estigma que durante años supuso para los estudiantes españoles el aprendizaje memorístico, completo y cronológico, de los 33 monarcas visigóticos que desde Ataulfo hasta Rodrigo gobernaron la mayor parte de la península Ibérica desde el siglo V hasta la invasión musulmana. ¡La famosa "lista de los Reyes Godos!.

Esta estatuas son realmente parte de un gran proyecto con el que se pretendía ornamentar la cornisa y balaustradas del Palacio Real, y que se vio frustrado tras un cambio final de planes. Veamos seguidamente con un poco de detalle la historia de estas estatuas:

Tras el incendio sufrido por el Real Alcazar madrileño en la Nochebuena de 1734, el rey del momento, Felipe V, decide construir sobre sus ruinas el nuevo Palacio Real que hoy admiramos. La madera, predominante en el edificio anterior, es ahora remplazada por robusta piedra que minimiza nuevos riesgos y, de paso, todo el palacio se ajusta a la estética barroca que estaba de moda ya por entonces. Para completar la decoración exterior del palacio, cuyas obras se acometieron entre 1738 y 1755, se planteó una ornamentación que reforzase el sentimiento real, ideándose entonces el proyecto de representar a todos los reyes que hasta ese momento había tenido España. Se encargó al erudito benedictino Fray Martín Sarmiento (1695-1772) la dirección iconografico de una historia de España a través de esculturas individualizadas de cada uno de sus reyes y el proyecto fue fielmente cumplido, esculpiéndose en total 108 estatuas, representativas de la monarquía hispana desde los reyes godos hasta los Borbones, e incluyendo además algunos grandes personajes vinculados con el Imperio, como los emperadores de México y Perú.

Las esculturas, labradas todas en piedra blanca y de similares dimensiones, muestran un valor artístico desigual, pues no sólo son fruto de diversos escultores, sino que debemos tener presente además que la mayoría se hicieron para ser contempladas a distancia y por tanto no siempre se han trabajado bien los detalles. Pese a todo, su valor iconográfico es alto. Curioso, por ejemplo es el significado de los escudos que aparecen junto a muchas de las figuras y que hacen referencia al cónyuge, indicando, si está a la izquierda y contiene el retrato de la esposa (hay también algún hormbre, pues hubo reinas), que esta fue madre de heredero de la corona. Si el heredero no era el hijo legítimo el escudo del rey queda sin labrar y en él no aparece el rostro de su esposa, y si el escudo se sitúa a la derecha y no pegado a su cuerpo, significa que ninguno de los cónyuges eran los padres del sucesor del trono. ¡Toda una simbología esculpida en piedra para la historia!

Como ya comenté, la idea inicial era que todas estas estatuas adornasen las balaustradas y coronases las cuatro fachadas del Palacio Real, pero la gran mayoría de ellas nunca llegó a ocupar dicho lugar. Cuenta una leyenda madrileña que fue Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, quién pidió a su esposo que no se pusiesen finalmente sobre la cornisa, pues una noche tuvo una pesadilla en la que soñó que se producía un terremoto en el Palacio Real y una de las enormes esculturas le caía encima y la mataba. La verdad parece que fue sin embargo menos onírica y apunta que fue Sabatini, el arquitecto encargado de la conclusión de las obras del Palacio, quien sugirió a Carlos III, el monarca reinante ya entonces y que sería en verdad el primer inquilino real del Palacio, que no se izasen sobre la cornisa, tanto por prudencia para no sobrecargar el peso del edificio (cada estatua pesa unas tres toneladas) como por sobriedad estética, ya que la ostentación barroca había pasado de moda y ahora se llevaba el más austero estilo neoclásico. ¡Eran demasiados reyes por encima de la cabeza del monarca!

Despojadas de su propósito inicial de ornamentación palaciega y despreciado el sentido pedagógico que Sarmiento pretendió dar al conjunto unido de todas ellas, las estatuas empezaron poco a poco a ser distribuidas por plazas y jardines, no sólo de la capital, sino tambien de otras ciudades españolas (Toledo, Burgos, Vitoria, Logroño y Pamplona son algunos ejemplos de destinos). En Madrid, las que se decidió finalmente no mantener en la fachada del Palacio Real fueron repartiéndose por la Plaza de Oriente, los jardines de Sabatini, El Retiro, la fachada del Museo del Ejército y la Glorieta de las Pirámides (hoy estas últimas ya no están, pero la foto anexa de tiempos de la Guerra Civil nos ofrece testimonio de su existencia).

Para el paseante curioso puede ser un aliciente motivador el redescubrir personalmente qué estatuas son las que permanecen en la ciudad. No hay aparentemente demasiada lógica en la distribución de las figuras, pero quizás tu descubras nexos. Por ejemplo, al primer y último rey godo los tenemos relativamente cerca uno de otro en la Plaza de Oriente. ¡Algo es algo!


El siguiente enlace puede ayudarte a localizar las estatuas: http://commons.wikimedia.org/wiki/Estatuas_del_Palacio_Real_de_Madrid


El cocido madrileño

Cocido madrilenoLa gastronomía más tìpicamente madrileña no está seguramente pensada para estrictos regímenes de adelgazamiento: Gallinejas, oreja de cerdo, callos con chorizo, cocido de garbanzos con sus viandas, churros con chocolate, … Evidentemente no son platos ligeros pero, Mmmm, ¿no te resultan especialmente apetecibles con el fresquito del invierno?

La contundencia energética de buena parte de nuestra cocina más tradicional fija sus raíces en las costumbres culinarias castellanas, las cuales a su vez se encuentran muy influenciadas por los métodos e ingredientes que previamente habían asentado árabes y judíos en la cocina de estas tierras.

El cocido madrileño, nuestro plato más popularmente conocido, es un claro ejemplo de lo anteriormente dicho. Su origen primigenio se encuentra en la llamada “adafina” sefardí, un guiso que realizaban los judíos ante la llegada del Sabbat (día sagrado que se corresponde con el séptimo día de la semana en su calendario y que equivale a nuestro sábado). Puesto que en tal día estaba prohibido realizar determinados trabajos, como el cocinar, antes del atardecer del viernes en las casas se ponía a cocer una olla con abundante agua y se añadían a ella garbanzos, alubias, huevo, verdura y carnes (que no fuesen de cerdo, pues este como sabemos está vetado como alimento por la ley mosaica). Dicha olla se dejaba cubierta toda la noche entre los rescoldos de la lumbre para que los ingredientes se cocieran lentamente y así al amanecer, ¡tachán!, la comida estaba lista y no había que cocinar. Para alimentarse durante el Sabbat bastaba tan sólo con ir volcando parcialmente el contenido de la olla en una fuente y comer. Dicho sencillo acto de volcar la olla para servirse dejó grabado para la posteridad la denominación "vuelcos", con los que tradicionalmente se identifican los diversos platos del cocido presentados a los comensales. Los judíos conversos incorporarían posteriormente a este cocido inicial adicionales viandas procedentes del cerdo (tocino, chorizo y morcilla) con el objetivo fundamental de despejar ante la Inquisición las posibles dudas sobre su confesionalidad religiosa (resulta curioso ver como la religión dejó su impronta en el cocido, pues no sólo ayudó a incorporar como hemos visto el cerdo y la palabra "vuelcos", sino que ahí tenemos también la de “sacramentos” dada a las carnes y embutidos del acompañamiento, o incluso, aunque esta quizás algo más rebuscada, la de "gabrieles" con los que castizamente se denomina a los garbanzos y que algunos piensan que hace alusión al arcángel).

La mencionada adafina judía evolucionó en la edad media a la que muchos consideran como la madre de todos los cocidos de nuestro país y de buena parte de los de Hispanoamérica: La olla podrida. Un plato que si bien introdujo mayoritariamente la alubia roja como legumbre principal, mantendría en amplias zonas de Castilla el protagonismo del garbanzo sobre esta. Las diversas ollas culinarias pasarán a llamarse cocidos posteriormente, ya durante el siglo XVIII.

El cocido madrileño tradicional tiene generalmente un ritual de presentación en la mesa. Son los denominados tres vuelcos. Primeramente se presenta la sopa, hecha con el caldo de la cocción y al que se añaden fideos finos, de los llamados de cabello. Ésta costumbre de los fideos es relativamente reciente, pues parece ser que hasta los años cuarenta no se tenía costumbre y se consumía el caldo solo. El segundo vuelco se corresponde con los garbanzos y con las verduras (estas se suelen sofreír con un poco de ajo y pimentón). Acompañando a este vuelco frecuentemente se presenta también un platillo con guindillas y otro con un condimento elaborado con tomates, ajo y comino molido. Ambos acompañamientos se sirven al centro de la mesa para que cada uno, al gusto, se eche lo que quiera. El tercer y último vuelco se corresponde con la presentación de los sacramentos, es decir de las carnes y embutidos: Morcillo y falda de ternera, gallina, pollo, huesos de caña y jamón, tocino, chorizo y  morcilla. Hay quienes prefieren reducir a dos los tres vuelcos, presentando conjuntamente el segundo y el tercero a fin de ir mezclando en el yantar los garbanzos y las verduras con las carnes y embutidos. ¡Tampoco está mal!

Más allá del cocido familiar que se cocina en la casa de cada uno, Madrid cuenta con afamados restaurantes que presumen de hacer los mejores cocidos madrileños: Casa Carola, La Bola, Lhardy, Malacatín, Taberna Daniela, etc. Una buena oportunidad para comprobar si estamos de acuerdo con la fama de algunos de estos y si sentimos curiosidad por conocer otros restaurantes, tanto de la capital como de los pueblos de la Comunidad de Madrid, que lo incluyen entre sus especialidades, ahí tenemos la denominada “Ruta del cocido madrileño”, iniciativa que se pone en marcha todos los años y que cuenta con la participación de más de 30 restaurantes y que se celebra por lo general entre mediados de febrero y finales de marzo.

Bueno, creo que es hora de terminar ya con este post, y para ello nada más apropiado que hacerlo musicalmente con el conocido “cocidito madrileño” de Quintero, León y Quiroga que popularizó Pepe Blanco. ¡Buen provecho!

La Mariblanca

Sin considerar las estatuas humanas que en mayor o menor número se instalan regularmente en la Puerta del Sol de Madrid para ganarse algún dinerillo con su inmovilidad, en esta plaza, epicentro de la ciudad, existen tres esculturas: La gran figura ecuestre de Carlos III, la muy fotografiada por los turistas del Oso y el Madroño, y la Mariblanca. Las dos primeras fueron esculpidas en la segunda mitad del siglo XX y, aunque la tercera estuvo ya en esta plaza en el siglo XVII, la que ahora vemos es realmente una réplica del original que se conserva en la Casa de la Villa. Esta escultura, la original, tiene una historia azarosa que deseo seguidamente relatarte:

Tras la vuelta de la corte a Madrid en 1606 la ciudad se va a ver sometida a una importante remodelación urbanística, en la que destacará, por su utilidad pública y por su aporte ornamental, la construcción de nuevas y vistosas fuentes para algunas de sus plazas más significativas, como las de la Provincia, Cebada, Descalzas Reales, San Salvador, Puerta Cerrada, Puerta de Moros y Puerta del Sol. La mayoría de dichas fuentes se proyectó rematarlas con esculturas mitológicas de corte clásico y para ello se encargó en 1619 al florentino mercader de arte Ludovico Turchi la adquisición en Italia de diversas estatuas. Una de ellas es nuestra protagonista: Una Venus, diosa romana del amor, la belleza y la fertilidad, que aparece sobre dos cabezas de delfines, símbolos del mar que vio nacer a la diosa, y acompañada de su hijo Cupido. La figura está realizada en marmol blanco y tiene 1,68 m de altura.

La Venus, que como anécdota diremos que llegó a España decapitada como consecuencia del traqueteo del viaje, se destinó a la fuente de la Puerta del Sol, instalándose allí en 1625. A la diosa se le añadió en la mano por lo visto una cruz verde de la esperanza a fin de evitar comentarios críticos relacionados con la falta de decoro público (estaba situada justo delante de la hoy desaparecida Iglesia del Buen Suceso). La Venus pasó oficialmente a ser una representación de la Fe y como Fuente de la Fe se dio a conocer, aunque también fue desde el principio llamada de las Arpías, debido a que sus cuatro caños estaban colocados sobre figuras de arpías que arrojaban agua por los pechos.

 La fuente se hizo popular y por la escultura que la coronaba, una hermosa mujer esculpida en mármol blanco, fue rebautizada por los aguadores que la frecuentaban como La Mariblanca, nombre que cuajó pronto entre la ciudadanía y con el que se quedaría ya para siempre.

En 1727 se encargó a Pedro de Ribera un profundo rediseño de la fuente que incluyó por ejemplo la eliminación de las arpías y otros elementos ornamentales, pero se respetó a la Mariblanca debido al enorme apego que sentían por ella los madrileños. Con el paso de los años la fuente va a verse seriamente deteriorada, decidiéndose su demolición en 1838, aunque conservándose eso sí la escultura que es trasladada a la fuente de la Plaza de las Descalzas Reales. Esta fuente desaparecerá también en 1892 y la Mariblanca es llevada entonces a los depósitos municipales, donde permanecerá almacenada hasta que en 1914 el ayuntamiento le busca ubicación pública, instalándola primero en el Parque de El Retiro y posteriormente en el Museo Municipal.

 No obstante, el periplo viajero de esta estatua, a semejanza del sufrido por otras muchas esculturas de la ciudad no termina aquí. En 1969 fue colocada, como quizás algunos recordaréis, entre dos dobles columnas y junto al estanque rectangular existente al inicio del Paseo de Recoletos. Allí, al alcance de actuaciones incívicas, la escultura sufrirá diversos y serios desperfectos. Retirada finalmente de este emplazamiento y tras ser convenientemente restaurada, encontró refugio en 1984 en el zaguán principal de la Casa de la Villa (antiguo Ayuntamiento) donde continúa estando actualmente.

En 1985 el alcalde Tierno Galván encargó, para situarla en su emplazamiento original en la confluencias de las calles Alcalá y Carrera de San Jerónimo, la copia de la Mariblanca que actualmente vemos en la Puerta del Sol y que como habréis notado no se encuentra ahora exactamente en dicho lugar, si no a la entrada de la calle Arenal, pues en 2009, tras la última remodelación de la plaza, se decidió pasarla al lado opuesto de la plaza. ¿Se estará ya quieta?

De la Mariblanca, además de la mencionada réplica instalada en la Puerta del Sol, se hizo otra destinada al Museo de la Ciudad que estaba en la calle Principe de Vergara. Dicho museo cerró en agosto de 2012 y su colección fue repartida, llevándose la escultura al Museo de Historia de Madrid en la Calle de Fuencarral, donde desde 2014 y hasta ahora se exhibe.


Pero si bien es cierto que como hemos visto la Mariblanca de la ciudad de Madrid hace tiempo que dejó de estar cerca del agua como le gustaría (recordemos que está Venus está representada junto a un delfín, símbolo del mar del que nació según la mitología), en la Comunidad, concretamente en Aranjuez, sigue existiendo una Fuente de la Mariblanca. Allí, en el centro de la plaza de San Antonio, existe una enorme fuente cuyo origen se remonta al siglo XVIII y que habiendo estado inicialmente coronada por una estatua del rey Fernando VI, por orden de Carlos III esta fue sustituida en 1762 por la imagen de una hermosa Venus esculpida en piedra blanca por el artista de la época Juan Reina. La fuente pasó a llamarse de Venus (su actual nombre oficial), pero debido al cierto parecido de la escultura con la de la fuente de la Puerta del Sol de Madrid, se le dio popularmente ya entonces el mismo nombre que a esta, hasta el punto que hoy en día no solo la fuente, sino hasta la plaza es conocida como la de la Mariblanca.


Para terminar esta entrada, como curiosidad adicional un apunte musical relacionado con nuestra protagonista: A principios de los años 50, la cantante Olga Ramos, la reconocida última reina del cuplé madrileño, incluyó en su repertorio una mazurca, con letra de Francisco de la Vega, dedicada a la Mariblanca. Si quieres puedes escucharla pulsando este enlace a youtube (en una actuación televisiva emitida en 1981). 

Ruta de senderismo: Subida a Cabeza Lijar

La cumbre del monte de Cabeza Lijar es con sus 1823 m el  punto más alto del municipio de Guadarrama y el límite provincial de tres provincias colindantes: Madrid, Segovia y Ávila. La subida a dicha cumbre se encuentra en los orígenes del montañismo madrileño y, si eres amante de los paseos de naturaleza, esta puede ser sin duda una ruta de las que merece la pena que no te pierdas, pues no siendo dura en exceso te va a permitir disfrutar de unas inmejorables vistas panorámicas y descubrir de paso algunos restos de construcciones que datan de la pasada Guerra Civil, como el fortín y observatorio existente en la cima y sobre el que se ha construido un mirador (realmente toda la zona en torno al Alto del León conserva aún numerosos restos de edificaciones de dicha contienda: bunkers, puestos de ametralladora, refugios, trincheras, parapetos, etc).


La ruta por la Cuenca del Guadarrama que aquí se propone es de carácter circular, con una longitud totad de entorno a los 10,5 km. Como ya señalé no tiene excesiva dificultad, aunque eso sí, hay que subir y bajar pendiente. Comenzaremos nuestro recorrido en el mismo Alto del León (conocido por muchos más como el Puerto de los Leones). Hasta allí lo mejor es ir en coche y dejarlo aparcarlo en el parking del restaurante-asador. Ya a pie, nos dirigiremos hacia la derecha de dicho establecimiento para tomar el camino inicialmente asfaltado que allí parte y que indica dirección Camorritos. Caminando dejaremos atrás la estación militar de radiotransmisiones y poco después pasaremos un paso canadiense (esa especie de barrera horizontal metálica que impide que el ganado lo cruce pero posibilita el acceso de personas y vehículos). Nada más pasarlo dejaremos la carretera y tomaremos el sendero que a la derecha asciende entre pinos hacia el monte, en concreto al conocido como Cerro Piñonero. En el alto de este, ligeramente escorado hacia el lado izquierdo de la cumbre, existe un bunker-observación desde el que se controlaban los posibles movimientos de tropas en el valle y que hoy, por suerte sin intenciones belicosas, nos permite admirar el paisaje.

Regresamos de nuevo a nuestra senda, que atraviesa la cumbre, y en inicial bajada encaminaremos ahora nuestros pasos hacia Cabeza Lijar que el la cumbre que se nos muestra justo enfrente un poco a la derecha. Seguiremos como antes las marcas del GR 10 y marcas azules, pasando por el llamado Collado de la Gasca, en donde tendremos que cruzar por una puerta al lado Segoviano. A partir de allí comienza la subida a Cabeza Lijar y es sin duda la parte más dura del recorrido pues a la pendiente se suman algunos tramos con piedras que se van superando sin grandes dificultades si nos los tomamos con calma. En la cima tenemos la recompensa a nuestro esfuerzo: Unas vistas increíbles.

Tras la subida a la cima ahora toca bajar, y lo haremos continuando por el sendero. Tendremos que atravesar la valla y aunque en algún tramo perdamos la referencia de las señales no hay pega, pues deberemos salir al camino de Camorritos que se encuentra en el lado izquierdo del cerro. Una vez en el mismo sólo nos queda ya volver por dicho camino hasta el que fue nuestro punto de partida.

El esfuerzo realizado seguro que nos habrá merecido la pena y podemos celebrarlo tomándonos en la cafetería restaurante un refrigerio, o una bebida calentita si el tiempo serrano lo aconseja mejor opción.

¡Disfrutarlo!

Tic Tac


Sin duda, el reloj más famoso de Madrid es, por su asociación con la tradición de tomar las uvas en el cierre del año, el reloj de la Puerta del Sol. No tiene la fama mundial de otros relojes europeos como el Astronómico de Praga o el Big Ben de Londres, pero al menos en España, es conocido por todos. Fue inaugurado el 19 de noviembre del año 1866 por la reina Isabel II con motivo de su cumpleaños y su maquinaria se debe al relojero José Rodriguez Losada, que la donó gratuitamente al Ayuntamiento de Madrid.

Edificios emblemáticos de nuestra ciudad tienen relojes en sus fachadas y, seguramente, tras el de Sol muchos madrileños citarían los del Edificio de Telefónica en la Gran Vía (recordemos que fue el primer rascacielos de Madrid y la gente lo tomo como referencia). Hay reloj monumental en la fachada del Banco de España, y también lo hay en la del Palacio de Comunicaciones en Cibeles, en el frontal de las estaciones de Atocha o Norte, en la Plaza Mayor, en el Patio de Armas del Palacio Real o, por citar uno representativo de barrio, en la Casa del Reloj de la Junta de Distrito en Arganzuela.

Pero siendo todos ellos interesantes, voy a centrarme seguidamente en referir  dos simpáticos carillones animados, el de la Plaza de las Cortes y de la calle de la Sal.

El primero de ellos es el conocido como Carillón Groupama, al pertenecer y encontrarse ubicado en la fachada de la sede de esta compañía de seguros (actualmente Plus Ultra Seguros), justo en la esquina junto a la entrada del Hotel Palace. La curiosidad de este reloj es que a determinadas horas, a parte de anunciar las señales horarias con una cambiante melodía, acciona un mecanismo interno por el cual salen a saludar al respetable desde un balcón de la fachada del edificio varios personajes goyescos. Se trata de cinco figuras de tamaño natural que fueron diseñadas en su día por Antonio Mingote y que representan al torero Pedro Romero, a una madrileña Manola, al rey Carlos III, a la Duquesa de Alba (la pintada junto con su caniche por Goya) y al propio pintor.

Este reloj, que atrae la curiosidad de turistas y madrileños, fue instalado en diciembre de 1993. La aparición de la comparsa goyesca se produce diariamente a las doce del mediodía y a las ocho de la tarde (en el periodo navideño hay algunas variaciones horarias) y dura aproximadamente unos tres minutos.

El otro reloj al que quiero hacer referencia aquí y que guarda similitudes con el anterior, es el carillón existente sobre la entrada de la Antígüa Relojería de la calle de la Sal, comercio con solera en la capital pues fue fundado en 1880. El carillón se instaló en la cornisa de la relojería allá por el año 2010 y, siguiendo también un diseño de Mingote, representa la figura de un viejo relojero que trabaja en su taller mientras las campanadas horarias entonan la melodía de un conocido chotis.

¿Has reparado en ellos?

Quinta del Duque del Arco

Aunque en un anterior post de este blog ya hice referencia a la Quinta del Duque del Arco como uno de los sitios a los que encaminar nuestro paseo si estamos por la zona del Monte del Pardo, hoy voy a referirme nuevamente a este conjunto monumental con algo más de detalle, volviendo con ello a animar a todo aquel madrileño que aún no lo conozca a que lo visite, y si ya se conoce, a volver a recorrerlo en agradable paseo al aire libre un día en que el tiempo acompañe.

El conjunto de la Quinta del Duque del Arco, o de la Quinta del Pardo que es como más comúnmente se conoce, se encuentra situado sobre una pequeña colina al sureste del monte de El Pardo, a mano derecha del camino, hoy carretera, que desde Madrid nos conduce al Real Sitio. El nombre de “quinta” ya nos orienta sobre lo que nos vamos a encontrar: Una finca de recreo. Efectivamente eso es lo que este lugar era, una de aquellas casas de campo a las afueras de la ciudad que los grandes aristócratas de los siglos XVII y XVIII se mandaron construir para disfrutar de cierto aislamiento, descanso y diversión.

El Duque del Arco, don Alonso Manrique de Lara Silva y Ribera, fue un noble muy bien considerado en la Corte de Felipe V. Ejerció entre otros cargos los de Montero Mayor del rey y Alcaide del Pardo, destacándose además en su biografía que a raíz de haber salvado en un par de ocasiones la vida de los reyes durante las sesiones de montería que frecuentemente se organizaban en los montes de El Pardo, estos le tenían en gran estima y le consideraban un leal amigo. Tras la muerte del Duque en 1737, su viuda cedió la Quinta al rey Felipe V, quien la incorporó al Real Sitio de El Pardo en 1745.

La finca tuvo su origen en otra anterior que aquí existía y que era conocida como Quinta de Valrodrigo. El Duque había adquirido esta en 1717 y procedió a su transformación, encargando la construcción de un Palacete y unos jardines al nuevo gusto francés que con la llegada de los borbones a la corona de España se empezaba a poner de moda entre las clases pudientes de nuestro país.

Para disfrutar tranquilamente de la visita a la Quinta te propongo que en el caso de llegar hasta allí en coche, en lugar de subir con él hasta los aledaños del palacio dejes este a la entrada, en las proximidades del restaurante que hay cerca del arco de acceso. A pie y si el día acompaña saborearás mejor el entorno que ante ti se muestra.

El jardín, la parte sin duda más sorprendente de la finca, es lo primero con lo que nos encontramos. Diseñado por el francés Glaude Truchet hacia 1726 responde al estilo francés que podía admirar ya en los hermosos jardines de La Granja de San Ildefonso, aunque mostrando algunos toques más tipicamente españoles e italianos.

Adaptándose al desnivel del terreno, el jardín de la Quinta se articula como podemos ver en diferentes terrazas ascendentes. En un primer nivel, el más bajo, encontramos una amplia extensión reticulada geométricamente con setos de bog y en la que vemos también una gran fuente con surtidor. El lugar antiguamente contaba también con naranjos en cajones distribuidos por el jardín al modo de las orangeries francesas, lo que permitía retirar estos en invierno a lugar resguardado y protegerlos así del frío. En el segundo nivel se encuentra la Cascada con sus conchas, flanqueada de pequeños nichos con estatuas. En esta zona había también diez estatuas de cuerpo entero, cuadros de boj, platabandas dobles y dos fuentes. Todos los muros estaban cubiertos por laureles y jazmines en espaldera y llenos de tiestos de flores, especialmente claveles y rosales. El tercer nivel nos ofrece, con su baranda mirador, una amplia vista de los jardines inferiores, al tiempo que nos presenta también un área de estructura geometrizada con cuadros de boj y círculos de césped. También hay una fuente. En el cuarto y último nivel, el más alto de todos, encontramos un gran estanque protegido en semicírculo por un muro de contención adornado con diversas hornacinas en las que había estatuas y en cuya parte central del mismo se abre una gruta que, en su fondo, tenía una fuente con un delfín de plomo dorado. El agua que embalsa este estanque era utilizada para el riego de todo el jardín.


En el eje principal que recorre longitudinalmente las cuatro terrazas, vemos actualmente varias secuoias gigantes que, aunque resultan espectaculares por su enormidad, rompen en buena medida el diseño visual original del jardín. Fueron plantadas bastantes años después, durante el reinado de Amadeo de Saboya.

El Palacio de la Quinta se sitúa a un costado del jardín, dejando claro que el protagonismo del recinto debe darse a aquel y no a este. Se trata de una casa de no muy grandes dimensiones y cuya fachada se inspira claramente en el estilo del Palacio de la Zarzuela. El interior no es visitable.

Junto al Palacio y en lo que debió ser zona de servicio, actualmente encontramos un colegio público perteneciente a la Comunidad de Madrid. ¡Estupendo sin duda para los alumnos que allí cursan, aunque de dudosa idoneidad en el ámbito de la pura conservación (al menos de la visual) del patrimonio histórico de este lugar!

Si avanzando en nuestro recorrido a través de la finca nos encontraremos seguidamente con un gran olivar. Debemos saber que generalmente este tipo de quintas disponía, adicionalmente a la zona representativa de la vivienda principal y los jardines, de otra aledaña dedicada a labores de explotación agrícola. Es la que en la Quinta del Pardo se corresponde con el mencionado olivar y que antaño contaba también con viñedos, árboles frutales y huertos. Disfruta un rato paseando tranquilamente entre los numerosos olivos y, cuando ya pienses en volver hacia la salida, aunque te lleve algo más de tiempo, toma alguno de los pequeños senderos que van bordeando el muro internamente y que sin pérdida nos conducirán nuevamente hasta el arco de entrada. Es más largo, pero seguro que te merecerá la pena.

Ya para finalizar, comentarte que la Quinta de El Pardo tiene la declaración de Monumento Nacional desde 1935 y que la historia que guarda entre sus muros no se limita lógicamente a su etapa de esplendor durante el reinado de Felipe V. Has de saber, por ejemplo, que en este lugar residió el presidente de la República Manuel Azaña y es allí donde el 18 de julio de 1936 le sorprendió el golpe de Estado.

Las casas más estrechas de la ciudad

Aunque la casa más estrecha de España parece ser que se encuentra en Valencia (mide solo 105 centímetros de ancho y la localizamos en el número 6 de la Plaza de Vega del Barrio de Sta. Catalina), Madrid cuenta también con curiosas antiguas casas dignas de mención por su extrema estrechez, testimonio evidente de que aprovechar espacios, más allá de criterios mínimos de habitabilidad que por suerte hoy no serían aceptados, es algo que siempre se ha buscado en las grandes urbes.

En Madrid la casa que tradicionalmente ha ostentado por su significación el “privilegio” de ser la más estrecha de la ciudad está situada en la calle Mayor 61. El edificio mide sólo cinco metros de ancho y, como se indica en una placa que podemos ver en su fachada, en él vivió y murió, allá en el siglo XVII, el insigne escritor y dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. Fue sin duda gracias a este hecho y a la decidida intervención en defensa de la conservación del edificio que en su momento hizo ante el Ayuntamiento Ramón de Mesoneros Romanos (cronista de la villa) que dicho inmueble se conserve actualmente, pues estuvo en un tris de ser demolido.

Pero la casa anteriormente mencionada no es en realidad la más estrecha de Madrid, ya que en la misma calle, en el número 57 de Mayor, encontramos otra casa que por lo leído sólo tiene tres metros y medio de fachada.

Cerca de los dos edificios anteriormente señalados, en la calle Postas número 6,  encontraremos el que, metro en mano, sí puede ser el más estrecho, pues tiene tan sólo tres metros y doce centímetros de anchura. Aloja uno de los centenarios establecimientos de artículos religiosos de Madrid -“Sobrinos de Pérez”- abierto en 1867 y que por cierto sale mencionado en la novela Fortunata y Jacinta de Don Benito Pérez Galdós. El acceso a los pisos superiores del edificio se hace mediante una escalera alojada dentro del propio comercio.

Otro edificio de los que compite con los anteriores en cuanto a estrechez de fachada lo encontramos en el barrio de Malasaña, concretamente en el número 24 de la calle San Vicente Ferrer. Aprovechado en su día como micro vivienda, daba paso por el bajo a un patio interior en el que existió una tahona. Actualmente su pasillo inferior sirve de acceso a los garajes de Palma 23 y los espacios superiores, en los que no vive nadie, son utilizados como trasteros.


Las anteriores estrechas edificaciones y otras similares hoy ya desaparecidas, como la conocida Casa de las Cinco Tejas (así llamada porque en su tejado sólo cabían cinco únicas tejas) situada en la calle de Santa Ana y demolida en 1851, o la Casa del Ataúd que podemos ver en la foto de la derecha (conocida popularmente así por su forma, estuvo en la esquina de la calle de Alcalá con Caballero de Gracia, donde ahora está el edificio Metrópolis, y fue una de las primeras demolidas para la construcción de la Gran Vía) mantenían por lo general una característica común de aprovechamiento habitacional. A menudo la planta baja alojaba un comercio, la primera planta una habitación y las dos plantas siguientes una cocina y un baño, respectivamente. En la fachada exterior sólo hay lugar para un pequeño balcón por planta.

Hoy, por suerte, estas edificaciones, frecuentes antaño, han quedado como curiosas rarezas para contemplación de paseantes.