Exposición temporal: Alberto García-Alix. Un horizonte falso



"Un horizonte falso", título de la exposición que hasta el 10 de abril puede verse en el espacio La Principal del edificio Tabacalera, es una muestra de algo más de 80 fotografías de Alberto García-Alix, en la que este artista nos muestra una realidad que ha sido intencionadamente transformada por él mediante el uso de planos distorsionantes de cámara, escalas desnaturalizadas, velados y contravelados, obteniendo como resultado nuevas realidades cargadas de simbolismo y en ocasiones de una cierta angustiosa abstracción onírica.

Alberto García-Alix es un reconocido fotógrafo nacido en 1956 y que aunque de origen leonés desarrollo buena parte de su trabajo en Madrid. Su fama dentro de nuestro país se fue consolidando en muy estrecha relación con el movimiento artístico que se aglutinó en torno a la Movida madrileña, de la este artista fue uno de sus impulsores y fotógrafo de referencia. Junto a otros artistas como Ceesepe, El Hortelano y Agust fundo el colectivo "Cascorro Factory" que supuso, con sus publicaciones de comic y revistas de carácter underground, una de las primeras ideas transgresoras de aquella incipiente movida y que permitió la apertura poco a poco a nuevos enfoques y disciplinas gráficas.

Durante los años ochenta Alberto García-Alix se hizo célebre por retratar tanto a los artistas de la España del momento como a personajes en buena medida marginales. Su carrera como fotógrafo de referencia fue creciendo fuera y dentro de nuestro país, concediéndosele aquí por ejemplo el premio Nacional de Fotografía en 1999 y el de la Comunidad de Madrid en 2005.

Sus trabajos se enmarcan en el área del blanco y negro y el campo del documento social y personal, siendo el mundo de las motos, de la noche y de los retratos sus más frecuentes temas de inspiración. Fiel a la fotografía analógica, ha incorporado también a su arte el vídeo como soporte documental para acompañar sus imágenes con su voz y sus propios textos. Así, en la exposición que nos ocupa podemos ver junto a las fotografías un vídeo que, en palabras de Nicolás Combarro, comisario de la exposición, es el leitmotiv de toda esta muestra, sumergiéndonos mediante la narración en primera persona del artista, en una serie de microrrelatos que nos trasladan a "San Carlos", una ciudad de luces y sombras; "el jardín perdido" y sus alegorías orgánicas; los "olvidados y mártires", retrato de una generación de supervivientes y caídos; o a "Rocinante", la motocicleta vista como una montura abstracta de velocidad y desequilibrio.


Lugar: La Principal. Tabacalera (c/ Embajadores 51)
Fechas: del 11 de febrero al 10 de abril de 2016
Horario: De 12 a 20 h. (lunes cerrado)
Entrada libre

Exposición temporal: Joan Fontcuberta. Imago, ergo sum



Ingenio, dominio de la comunicación audiovisual e intencionalidad de manipulación para mostrarnos realidades que quizás pudieran ser ciertas pero que no son, constituyen características presentes en buena parte de la obra del gran fotógrafo Joan Fontcuberta, y que ahora nos es posible constatar en la exposición recopilatoria de algunos de sus grandes trabajos que bajo el título de “Imago, ergo sum” podemos disfrutar en la sala Canal de Isabel II.

Joan Fontcuberta (Barcelona 1955) está considerado uno de los fotógrafos actuales más relevantes a nivel europeo y una de las voces más reconocidas y respetadas en el panorama internacional. Artista, docente, ensayista, crítico y promotor de arte español especializado en fotografía, ha recibido numerosos premios dentro y fuera de España: En 1988 recibe el premio David Octavious Hill por la Fotografisches Akademie GDL de Alemania, en 1994 el Ministerio de Cultura en Francia le otorga el Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres, el Ministerio de Cultura de España le da en 1998 el Premio Nacional de Fotografía y el Premio Nacional de Ensayo en 2011. Así mismo, en 2013 va a convertirse en el primer español que consigue el Premio Hasselblad como reconocimiento al conjunto de su actividad fotográfica, uno de los galardones más prestigiosos en el mundo de la fotografía, que también han recibido autores como Cartier-Bresson o Richard Avedon, Josef Koudelka o Robert Frank.

La muestra “Imago, ergo sum” nos permite comprobar la originalidad de Joan Fontcuberta, pues como he dicho recoge una amplia selección de varios de sus proyectos más relevantes desarrollados entre 1984 y 2014: Milagros & Co, Herbarium, Sputnik, o Trepat entre otros.  Proyectos que se desarrollan a través de diferentes soportes (fotografías, libros, objetos y audiovisuales) y en los que se respeta la máxima defendida por el autor de que la obra de un artista debe tener en cuenta no sólo el contenido sino también el continente donde su obra va a ser visualizada: Un mural, un libro, una proyección, etc.

Las publicaciones  de Joan Fontcuberta, la mayoría de ellas con ediciones agotadas hace tiempo e imposibles ya de conseguir, están lejos de ser típicas publicaciones recopilatorias de fotografías de un autor en torno a un tema central. Las suyas son auténticas historias noveladas, narraciones creíbles cuya verosimilitud se ve respaldada por el cuidado apoyo documental de las imágenes que acompañan a los textos. Bueno, en realidad son los textos los que acompañan a las imágenes, pues estas son las que dan verdadera fuerza a la narración. Historias curiosas que en realidad son falsas historias, pequeñas y grandes gamberradas audiovisuales que siembran de dudas al espectador. ¿Qué es verdad y qué es mentira?

A Joan Fontcuberta le gusta decir, y comparto su reflexión, que en realidad la verdad no existe, existen puntos de vista. Él, gracias al gran dominio de la técnica logra dar visos de credibilidad a su mensaje, buscando con sus imágenes estimular el pensamiento y el espíritu crítico del espectador. De ahí el sentido del título de la exposición.



Exposición temporal: Bicentenario de la Real Orden de Isabel la Católica


Hasta el 28 de febrero puede visitarse en el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, una exposición que bajo el título de “A la Lealtad Acrisolada”, homenajea en el bicentenario de su creación a la Real Orden de Isabel la Católica, la más difundida y prestigiosa de las actuales condecoraciones españolas.

La exposición, para la que se ha acondicionado el patio interior del Palacio, nos muestra la historia de esta condecoración a través de imágenes, cronogramas y una variada selección de piezas, entre las que hay medallas, objetos ceremoniales, retratos, documentos, diplomas, etcétera.

Tal como se nos cuenta en la muestra, el rango de honores y premios otorgados históricamente por el Reino de España se iniciaba con la Grandeza de España y los Títulos del Reino, continuándose por los collares del Toisón de Oro, los hábitos de las Órdenes Militares, las Medallas de la Real Efigie (c.1630), y las cruces de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III (1771). A estas se sumaron en el tiempo de la guerra contra los franceses otras dos nuevas, las de las Reales y Militares Órdenes de San Fernando (1811) y de San Hermenegildo (1814). Al poco de regresar a España “el deseado” rey Fernando VII y ante el aumento de los aires de independencia que se extendían por las colonias americanas, dicho monarca creará en 1815 la Real y Americana Orden de Isabel la Católica, una institución cuyo objetivo será premiar a los españoles –peninsulares y americanos- que destacasen en la defensa de la soberanía del Rey en Ultramar. Existían tres niveles de distinción dentro de ella: Grandes Cruces, Caballeros y Comendadores.

Tras la muerte en 1833 de Fernando VII y perdidas ya buena parte de las posesiones americanas, la Orden de Isabel la Católica se transformó pronto en un premio de carácter generalizadamente civil, aunque conservando su vocación de ultramar (en la península su equivalente era la Orden de Carlos III) y su tradición caballeresca. Será a partir de 1868 cuando pierda ya dicho carácter y se transforme en una verdadera condecoración de Estado, consolidándose a partir de ese momento y hasta hoy como la condecoración civil más utilizada, así como el más difundido instrumento de premio utilizado por España en el ámbito de las relaciones internacionales.

La insignia identificativa de esta condecoración, que digamos iba en su origen acompañada de rentas y honores para sus poseedores, es la conocida como  Cruz de Isabel la Católica. Está formada esta por cuatro brazos iguales, esmaltados en color rojo conforme al pabellón español, y entre ellos se entremezclan rayos dorados. En el centro de la cruz un escudo circular en el que se ven esmaltadas dos columnas y dos globos terraqueos, representativos del viejo y nuevo mundo, enlazados con una cinta y cubiertos con una corona imperial. Alrededor del escudo, sobre campo blanco dentro de una corona de hojas de olivo, se lee en letras de oro la leyenda: A la lealtad acrisolada.

La Orden de Isabel la Católica consta actualmente de los siguientes grados: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda, Cruz de Oficial, Cruz, Cruz de Plata, Medalla de Plata, Medalla de Bronce. En el caso exclusivo de personas jurídicas se puede conceder además la Corbata o la Placa de Honor.

El Rey ejerce el cargo de Gran Maestre de la Orden, y el Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, como Gran Canciller de la misma, es quien eleva al Consejo de Ministros las propuestas de concesión de los grados superiores de la Orden, que se otorgan por Real Decreto.

Destacadas figuras de la política, la cultura, la ciencia, las bellas artes y el deporte, así como numerosos jefes de Estado y de Gobierno extranjeros ostentan la Orden, en sus variados grados, como reconocimiento a su labor al servicio de España.

En 2016, a fecha de publicación de este post, no tengo constancia de que se haya concedido aún ningún collar de Isabel la Católica (el máximo galardón de la Orden), aúnque sí diversas Grandes Cruces y medallas. En 2015 el collar se concedió a cuatro personalidades: Matthew Festing (Príncipe y Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta), Ollanta Moisés Humala Tasso (Presidente de la República del Perú), François Hollande (Presidente de la República Francesa), y Juan Manuel Santos Calderón (Presidente de la República de Colombia).



Exposición: A la Lealtad Acrisolada. Bicentenario Real Orden de Isabel la Católica
Lugar: Palacio de Santa Cruz (Pza. de la Provincia, 1)
Fecha. Hasta el 28 de febrero de 2016
Horario: Laborables de 10 a 14 y de 17 a 19 h. Sábados y domingos de 10 a 14 h.
Entrada gratuita.

Palacio de Fernán Núñez

En el nº 44 de la calle de Santa Isabel, junto al antiguo Convento que da nombre a dicha calle, se ubica un interesante edificio decimonónico que, si bien externamente no llama quizás especialmente la atención pese a reunir todos los elementos característicos del aristocrático estilo arquitectónico palaciego de la época isabelina, mantiene oculto al simple paseante callejero buenas muestras del lujo que ostentó en su etapa de esplendor. Me estoy refiriendo al Palacio de Fernán Núñez.

El origen de este palacio se fecha hacia el año 1790, cuando el XIII Duque de Alburquerque, un aristócrata, diplomático y destacado militar que jugó un relevante papel en la Guerra de la Independencia Española, decide transformar, para convertirla en su residencia madrileña, una gran casa que había adquirido en este lugar, dotándola del empaque señorial tipo palaciego que correspondía a un Grande de España como él. Encarga los trabajos al afamado arquitecto Antonio López Aguado, discípulo de Juan de Villanueva, y que ha legado a nuestra ciudad buenos ejemplos de su hacer: La Puerta de Toledo, El proyecto del Teatro Real (aunque finalmente se vería este modificado en parte), el Casino de la Reina, el Palacio del duque de Villahermosa (sede actual del Museo Thyssen-Bornemisza), o el diseño del Parque del Capricho.

Antonio López Aguado va a construir un palacio de fachada sobria, buscando la simetría y el equilibrio característicos del estilo neoclásico. El edificio, cuyas dimensiones eran menores que las actuales pues como veremos fue posteriormente ampliado, tiene tres plantas y sótano. Dos grandes puertas casi contiguas, aptas para el acceso en su momento de los carruajes, dan paso al interior del edificio, en el que se encuentra un gran hall o zaguán seguido de un patio. En la planta baja se situaba la llamada zona de recibo (donde los anfitriones esperaban a sus invitados), así con los jardines interiores y las habitaciones particulares de verano. La primera planta era el piso noble y en ella estaban las habitaciones de los duques, el salón de baile y diversos salones para las visitas. En el piso superior se encontraban las estancias de los criados.

La segunda y gran remodelación del palacio llegó a mediados del siglo XIX cuando los por entonces propietarios, el VII Conde de Cervellón y su mujer la II Duquesa de Fernán Nuñez, deciden ampliar el edificio y enriquecer su ornamentación interior, convirtiéndolo en el que sería a partir de ese momento uno de los palacios más hermosos de Madrid. Encargan el trabajo a Martín López Aguado, hijo del anterior arquitecto y que habiendo seguido los pasos profesionales de su padre contaba con una alta consideración profesional dentro de la aristocracia madrileña, ya que mostraba habilidad para conjugar el clasicismo arquitectónico heredado de su padre con la nueva moda romántica que inundaba por entonces los interiores de las remozadas mansiones señoriales. Las obras del Palacio se desarrollarán entre 1847 y 1849, dando como resultado el edificio que actualmente encontramos y que se organiza alrededor de tres patios interiores, disponiéndose la zona noble en torno a la fachada principal, que se ve ya ampliada hasta la misma linde del Convento.

Las salas de la primera planta, las correspondientes a la zona noble, son las que se pueden recorrer actualmente en visita guiada organizada, quedando el resto del edificio para uso interno de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (Adif y Renfe son las actuales propietarias del edificio). Las mencionadas salas, sin duda las más vistosas del palacio, se encuentran en general bastante bien conservadas, aunque algunas grietas y pequeños desperfectos sugieren la necesidad de continuar haciendo acciones de restauración y mantenimiento. No obstante, es indudable que varias de las salas continúan siendo especialmente espectaculares: El comedor de gala, con su gran mesa de nogal adquirida directamente en la Exposición Universal de París de 1867; el salón isabelino, que cuentan era el preferido de la reina Isabel II en sus frecuentes visitas a este palacio; y por supuesto el gran salón de baile, una amplia estancia con cierto aire al Salón de Espejos del Palacio de Versalles. Salas todas estas y también las del resto de la planta noble con paredes enteladas, techos hermosamente decorados con estuco imitación madera, alfombras y tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, lámparas de Baccarat y cristal de Murano, chimeneas de mármol de Carrara, relojes de pedigrí, ... Ambientes en definitiva de una época de esplendor aristocrático allí vivido y que ahora se aprovecha, más allá de para las visitas de grupos, para la realización ocasional de eventos especiales, e incluso para servir de escenario cinematográfico, pues allí se han rodado escenas de películas como “¿Dónde vas Alfonso XVII?” (Luis Cesar Amadori), “Volavérunt” (Bigas Luna), "El oro de Moscú" (Jesús Bonilla) o “Sangre de Mayo (José Luis Garci), y series de televisión como “La Regenta” o “La Duquesa de Alba”.

El máximo esplendor del Palacio se vivió sin duda con la  III Duquesa de Fernán Núñez, la dama más representativa de la aristocracia madrileña del siglo XIX y anfitriona de las fiestas más elegantes del Madrid isabelino.

Ya en el siglo XX, durante el transcurso de la Guerra Civil el palacio fue incautado y custodiado por las Juventudes Socialistas Unificadas. Durante esta etapa convulsa de nuestra historia el palacio sufriría un cierto deterioro, perdiéndose algunos elementos significativos de su decoración. Finalizada la guerra, el palacio es comprado en 1940 por Carlos Botín Polanco, director de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste de España y Red de Andaluces, a la viuda del V Duque de Fernán Núñez. Al año siguiente, el Gobierno decretó la nacionalización de las líneas férreas españolas y la creación de Renfe, empresa que convirtió el palacio en la sede de su Consejo de Administración y encargó su remodelación para adaptarlo a su nuevo uso. Una de las reformas, realizada en 1967, tuvo como fin habilitar un espacio para albergar el primer Museo del Ferrocarril de España. El edificio ha sufrido desde entonces diversas nuevas reformas, la última entre los años 2000 y 2002 para restaurar su fachada, pero por suerte conservando siempre su decoración decimonónica. Esperemos que siga respetándose esta y que aunque sea de forma controlada como ahora pueda seguir visitándose este Palacio (en una noticia que apareció en prensa en mayo de 2015 se apuntaba la posibilidad de que el edificio fuese vendido, recalificándose su actual uso para posibilitar su reconversión en hotel de lujo. Confiemos que esto no ocurra).


Nota: La visita a este palacio se hace en grupos concertados previamente (el precio es de 125 € por grupo, con un máximo de 25 personas). Para concertar la visita debe llamarse al teléfono 911 511 002, o contactar a través de la web de la Fundación.

Proyecto para renaturalizar el Manzanares

Ecologistas en Acción ha presentado recientemente ante el área de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid un proyecto para renaturalizar el río Manzanares a su paso por la ciudad. Su propuesta recoge un conjunto de diversas actuaciones a aplicar en el tramo de río comprendido entre el Puente de los Franceses y Legazpi, destacándose entre ellas las de limpieza del cauce y la creación, mediante escolleras artificiales recubiertas de tierra, vegetación y arbolado, de riberas naturalizadas junto a los actuales márgenes de canalización de hormigón, así como la implantación de algunos pequeños islotes en medio del río. También se sugiere la necesidad de que las presas del tramo urbano se mantengan abiertas permanentemente para que las aguas puedan fluir de una forma natural, aunque ello implique la reducción del actual caudal a su paso por el casco urbano. La implementación de dichas actuaciones mejoraría sensiblemente, a juicio de Ecologistas en Acción, el valor ecológico y paisajístico del río a su paso por Madrid, posibilitando la limpieza y oxigenación de sus aguas y permitiendo además la regeneración en su seno de especies piscícolas, así como el asentamiento de aves, más allá de las actuales gaviotas y del reducido grupo de patos.  ¡Merece pues la pena estudiar seriamente la viabilidad de dicha propuesta!

Indudablemente de cara a los ciudadanos, especialmente aquellos que gustan de pasear y hacer deporte, Madrid dio un gran paso con el soterramiento de la M-30 y la incorporación del río como protagonista a los nuevos parques de Madrid Río y Lineal del Manzanares. Es cierto que en el primero, el más urbano de ellos, el río se muestra más como un canal que como un río natural, pero no por ello deja de disfrutársele (desnaturalizados también lo están a su paso por ciudades como París y Londres sus ríos, pero claro, estos son ríos de otra división). El Manzanares sabemos que es un río modesto, un aprendiz de río como sugirió irónicamente Quevedo, pero es nuestro río y en buena parte imagen medioambiental de nuestra ciudad. Toda actuación que se haga para mejorar su salud es por tanto bienvenida.

Dentro de una política de mejora medioambiental y de educación y compromiso ciudadano no debe faltar el respeto y puesta en valor de nuestro entorno natural y, en línea con ello, el río Manzanares debe ser un eje fundamental de actuación para Ayuntamiento y Comunidad. Recordemos que el Manzanares es un río íntegramente madrileño, pues todo su recorrido, desde que nace en el Ventisquero de la Condesa (cerca de la Bola del Mundo) hasta que desemboca en el Jarama a la altura de Rivas-Vaciamadrid, lo hace dentro del término de la Comunidad de Madrid. Cuidar y poner en valor nuestro río es responsabilidad de todos. ¿No sería estupendo un río limpio, con una ribera cuidada y que además pudiera ser recorrido en plácido paseo gracias a la existencia de una senda ecológica a su vera bien delimitada?

Actualmente desde Madrid capital, en concreto desde la zona de Madrid Río, es posible acompañar al Manzanares en su recorrido norte hasta algo más allá del Puente de los Franceses, concretamente (adentrándonos un poco en la Casa de Campo y enlazando con el anillo verde ciclista) hasta el Puente de San Fernando (junto al Parque Deportivo Puerta de Hierro). De allí en adelante, aunque sería relativamente sencillo continuar hasta el Pardo, el vallado de varias instalaciones deportivas existentes en una de las orillas y el de los terrenos del Palacio de la Zarzuela en la otra, nos impide seguir cerca del río. Por su parte, si en lugar de tomar dirección norte nos dirigimos desde Madrid Río hacia el sur de la ciudad podemos enlazar directamente con el Parque Lineal del Manzanares y recorrer el definido como Tramo 1 de este, llegando hasta halgo más allá del denominado nudo supersur. A partir de allí el camino está poco cuidado si queremos seguir, aunque existe. Es el llamado Camino de Uclés, una ruta que, aunque a cierta distancia del río, nos lleva por el Camino del Malecón (antaño fue a tramos el camino de sirga del antiguo Real Canal del Manzanares) hasta la desembocadura del Manzanares en el Jarama. Sería deseable que este camino se adecentará y se recuperasen en lo posible los vestigios del histórico canal (se mantienen algunos restos de esclusas).

¡Pero claro, este último es otro proyecto!

Recordando al viejo profesor

El Ayuntamiento ha aprobado en su pleno del 27/01/2016 erigir en la plaza de Cibeles una estatua a Enrique Tierno Galván, el querido “viejo profesor”, considerado por muchos como el mejor alcalde que ha tenido la ciudad en los últimos años (hay incluso quienes defienden que es el mejor de la historia, si no contamos claro está, al rey Carlos III). Bienvenida sea en cualquier caso la decisión, especialmente si como se ha informado esta ha sido tomada finalmente por unanimidad de todos los representantes municipales tras solventarse, con la ubicación en Cibeles, el escollo que inicialmente suponía la propuesta de instalación de dicha estatua en la Plaza de la Villa, sustituyendo a la allí existente del almirante Don Álvaro de Bazán. ¡Pero que manía con mover de sitio las cosas!

Enrique Tierno Galván fue el primer alcalde electo que tuvo Madrid en la actual etapa democrática. Elegido como tal en 1979 tras un acuerdo alcanzado entre los partidos de izquierdas (el ganador en votos había sido el representante de UCD), su gestión y el cariño que supo ganarse de los madrileños, más allá de las preferencias políticas que estos tuviesen, le llevaron en las siguientes elecciones, las de 1983, a ser reelegido con mayoría absoluta.

Aquel Madrid de Tierno Galván es recordado en gran medida como el Madrid de la “movida madrileña”, un periodo de esplendor de la vida cultural, artística y social que contó con el decidido respaldo municipal, alentándose desde la alcaldía, a través de aquellos famosos “bandos”, a que todos, jóvenes y no tan jóvenes, saliesen a vivir la ciudad. Una ciudad que dicho sea de paso se hacía también por entonces más humanamente agradable gracias, entre otras iniciativas municipales destacadas, a la puesta en marcha de un plan de saneamiento integral de Madrid que posibilitó la recuperación de nuestro querido Manzanares. Fue entonces cuando se trajeron los patos para simbolizar que el río ya quedaba limpio a su paso por la ciudad.

Enrique Tierno Galván fallecido en enero de 1986 siendo aún alcalde de Madrid, y su entierro, llevado a cabo el 21 enero, se convirtió en todo un acontecimiento. Miles de personas, en la que fue sin duda una de las mayores manifestaciones de duelo que se recuerdan, se echaron a la calle para acompañar el recorrido de la comitiva fúnebre. Mi recuerdo, como bien refleja la foto adjunta, es el de una plaza de Cibeles abarrotada.

En su honor, se dio entonces el nombre de Parque Enrique Tierno Galván al nuevo espacio verde urbano que a finales de 1985, siendo aún alcalde nuestro protagonista, se había empezado a construir al sureste de la ciudad, en el denominado Cerro de la Plata (se trataba de una zona hasta entonces muy degradada ecológicamente, pues su suelo estaba cubierto de varios millones de metros cúbicos de lodo y carbonilla provenientes de los antiguos trenes de vapor que salían de las cercanas estaciones de Atocha y Delicias). Este Parque, con sus 45 hectáreas de extensión, es hoy uno de los grandes parques de Madrid, con agradables zonas de paseo, con un hermoso lago, y con diversos recintos culturales y de ocio lamentablemente poco rentabilizados actualmente. En la parte alta del Parque, cerca del recinto del Planetario, se encuentra también una estatua del alcalde homenajeado y que en su día fue sufragada por donativos de miles de madrileños. La nueva estatua que ahora va a erigirse en Cibeles podrá ser quizás más bonita, más artística, más … lo que sea, pero me temo que difícilmente tendrá para muchos de los que vivimos aquella etapa el mismo emotivo significado. No obstante, como ya he dicho ¡Bienvenida sea!



El Casino de la Reina

En la Ronda de Toledo, a mitad del tramo de esta calle comprendido entre la Glorieta de Embajadores y la Ribera de Curtidores, se encuentra la puerta principal de acceso al recinto del Casino de la Reina, hoy un modesto parque urbano pero que a finales del siglo XIX contó con el glamour propio de los Reales Sitios.

Resulta curioso conocer que la verja de hierro forjado que vemos protegiendo el recinto a todo lo largo de la calle perteneció originalmente al vallado de los jardines del Buen Retiro y que, por ese a menudo poco comprensible gusto municipal dado a mover las cosas de sitio, la puerta original del Casino, que debería mantenerse aquí, se encuentra desde 1885 en el acceso principal a los Jardines del Retiro: Es la conocida como Puerta de la Independencia (la que está en la plaza del mismo nombre, justo en frente de la Puerta de Alcalá).

El Casino de la Reina se llamó así no buscando la significación que hoy nos resulta más común de lugar de juego y apuestas, sino que se utilizó el término italianizante que hace referencia a una casa de campo, pues de eso se trataba, de una finca de recreo que el Ayuntamiento de Madrid quiso regalar a la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII, por su esperado primer embarazo (la corona española estaba en ese momento sin descendiente). Dicha finca, resultado de la adquisición y unión de diversos huertos existentes allá por los comienzos del siglo XIX en el límite sur de la ciudad, junto a la cerca de Felipe IV y próxima al Portillo de Embajadores (ambos derribados luego en 1868 para permitir la expansión de Madrid), fue oficialmente entregada a la reina el 25 de abril de 1818, pero lamentablemente esta poco pudo disfrutarla, pues falleció el 26 de diciembre del mismo año a consecuencia del parto de su segundo embarazo (del primero nació una niña que no sobrevivió más allá de cuatro meses y este tampoco fructificaría, pues terminó en aborto, debiendo la casa real esperar para tener sucesión hasta que en el cuarto matrimonio del rey nació por fin la que sería la futura reina Isabel II).

Pero volvamos a centrarnos en el recinto que nos ocupa: El Casino de la Reina se encontraba conformado por un edificio principal, diversas construcciones auxiliares y un amplio y completo jardín de estilo romántico. El edificio principal, una casa-palacio de dos plantas aun existente y reconvertida ahora en Centro Social Comunitario, fue construida por el Maestro Mayor (arquitecto municipal) Antonio López Aguado. Edificio exteriormente carente de adornos, se accedía al mismo por una triple escalinata con barandillas de hierro fundido que aún perduran y que estaba rematada por diez bustos de mármol blanco ya desaparecidos. En el interior del edificio si podía apreciarse en cambio el lujo propio de un recinto real, con hermosos muebles, pinturas y esculturas. Destacaba especialmente una gran sala con zócalos de mármol y con un fresco en el techo obra del afamado pintor de la época Vicente López Portaña (autor, entre otras obras, del que es uno de los más conocidos retratos de Francisco de Goya). Dicho fresco, denominado con el breve nombre de “Alegoría de la donación del Casino a la reina Isabel de Braganza por el Ayuntamiento de Madrid” se encuentra actualmente en el Museo del Prado.

La finca se completaba, como he dicho y puede apreciarse en el Plano Parcelario de Madrid de 1874 realizado por Carlos Ibáñez e Ibáñez de Ibero, con varias dependencias para el servicio y un extenso jardín que contaba con estanque de riegos, ría navegable con isleta y zona de amarre para falúas de recreo, un cenador, e incluso una de esas grutas artificiales que por entonces tanto gustaba tener en los jardines nobles.

En la segunda mitad del siglo XIX la finca, que había entrado en claro declive de uso y mantenimiento, pasó por cesión de Isabel II a ser propiedad del Estado Español, buscándose a partir de entonces nuevos usos para la misma. Así, en el palacete y demás dependencias del Casino de la Reina se inauguró en julio de 1871 el Museo de Arqueología, que había sido creado pocos años antes. Dicha institución permaneció allí hasta 1895 en que, al quedarse pequeño por la incorporación de nuevos fondos museísticos, fue trasladado al nuevo edificio del Paseo de Recoletos.

Con el paso de los años el recinto siguió incorporando nuevos y diversos usos, construyéndose incluso varias edificaciones en los extremos del mismo. En 1877, una Real Orden aprueba la construcción, en la parte del Casino que da a la calle de Embajadores, de un edificio destinado a alojar la Escuela de Veterinaria. Las obras finalizaron en 1881 y el resultado fue el edificio neomudéjar que hoy vemos frente por frente al de Tabacalera y que tras trasladarse años después la Escuela al Campus de la Ciudad Universitaria (hecho que aconteció en 1958) fue ocupado poco después por el I.E.S. Cervantes. Al lado contrario del recinto, en el extremo oeste y junto a la calle Ribera de Curtidores, otro nuevo edificio fue levantado para ser ocupado por el Grupo Escolar Luis Vives (actualmente C.E.I.P. Santa María). Por último, en los primeros años del siglo XXI el ayuntamiento de Madrid restauró los jardines para uso público y así es como actualmente podemos visitarlos.