Acueducto de La Partida

Paseando hoy por la Casa de Campo he podido comprobar gratamente que ya ha finalizado la restauración del acueducto de La Partida y que se estaba trabajando en adecentar con losas de piedra el suelo en torno a la fuentes de tiempos de La República, como la que hay junto a este o la que encontramos justo al otro lado de la carretera que baja del embarcadero. Se trata de elementos arquitectónicos sencillos, pero con interés histórico que merece la pena conservar. Esperemos que la gente sepa valorarlos y mantenerlos adecuadamente en buen estado, a ser posible fuera de feas pintadas e incomprensibles acciones de absurdo vandalismo.

El acueducto de La Partida fue construido en el siglo XVIII y es obra de Francisco Sabatini, el afamado arquitecto real de Carlos III. La construcción forma parte del llamado Canal de la Partida, que desde el estanque grande derivaba parte del agua, que este recibía del Meaques, a fin de abastecer los jardines del Palacete de Iván de Vargas (construcción que está igualmente siendo restaurada actualmente) y el regadío de la huerta de la Partida, situada frente a este.

La huerta de la Partida, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, eran tierras de cultivo próximas a la hacienda que la poderosa familia de los Vargas poseía a las afueras de Madrid, en la otra margen del río Manzanares, y que mediante su producción de frutas y hortalizas les garantizaban el abastecimiento de dichos alimentos. Cuando el rey Felipe II adquiere posteriormente la finca de los Vargas y varios de los terrenos colindantes para crear un amplio espacio recreativo y cinegético vinculado a la Corona, la zona de huerta se mantiene, y seguirá siendo igualmente zona de cultivo productivo con los monarcas posteriores, incluso cuando el real sitio va a perder con el tiempo para estos interés como lugar de esparcimiento.


Durante la Segunda República la huerta de la Partida se cedió al Comité de Plantas Medicinales, organismo dependiente del Ministerio de Agricultura que en línea con su función decidió sustituir los hasta entonces cultivos alimenticios por plantas de finalidad terapéutica.

Con el estallido de la Guerra Civil la huerta, situada en pleno frente de batalla, dejó de funcionar y pronto quedó en el olvido.

Fue en el año 2007, tras el soterramiento de parte de la M-30 y la puesta en valor con el Parque Madrid Río de todo el área aneja al Manzanares , cuando el Ayuntamiento de Madrid procedió a la recreación del antiguo enclave de la huerta de la Partida con la plantación de árboles frutales y olivos, acondicionando al tiempo los terrenos como parque y creando incluso un pequeño pero interesante mirador desde el que se contempla buena parte de la cornisa de la ciudad.

 Desde el acueducto, cuya restauración ha implicado no sólo labores de limpieza de grafitis y restitución de ladrillos perdidos, sino también la reparación de filtraciones que amenazaban con futuros derrumbes y la eliminación de algunas anteriores malas restauraciones, podemos imaginar facilmente el trazado del canal, pues en pequeños tramos son visibles en el terreno restos de la antigua canalización.




Exposición: Cleopatra y la fascinación de Egipto


Cleopatra es una de esas figuras de la historia que en la memoria popular ha traspasado el ámbito de la mera realidad para convertirse en mito. De ella casi todos sabríamos decir que fue reina de Egipto y que con sus encantos enamoró a hombres tan poderosos en su época como Julio Cesar y Marco Antonio. ¡Bueno, y quizás también que debió tener una hermosa nariz! (característica estética que Asterix, el pequeño gran héroe galo del comic, se encargó con cierta insistencia de recalcarnos gratamente).

La exposición que el Centro Arte Canal nos ofrece sobre la figura de Cleopatra es una buena oportunidad para profundizar en la historia del personaje y en la de su época, sin olvidar también la repercusión que su figura ha tenido en el mundo del arte a lo largo de los siglos que han trascurrido después. La muestra, cuyo recorrido se estructura en siete ámbitos expositivos, cuenta con más de 400 piezas arqueológicas procedentes de un gran número de museos y colecciones españolas e internacionales. Varias proyecciones, así como la cartelería informativa que encontramos a lo largo del recorrido, nos ayudan a imbuirnos en la historia. No obstante, voy aquí seguidamente a recordarla (verás que tiene mucho de culebrón cinematográfico):

Cleopatra, cuyo nombre significa “gloria de su padre”, nació durante el invierno del 69 al 68 a.C. en la ciudad de Alejandría, por aquel entonces capital de Egipto. Fue la última de las reinas de la dinastía ptolemaica, que gobernó el país durante el período helenístico que va desde la muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C. hasta que el Imperio Romano se anexionó Egipto y lo convirtió en una más de sus provincias, hecho que sucedió en el año 30 a.C. con la muerte de Cleopatra y de su hijo Cesarión (Ptolomeo XV).

La dinastía ptolemaica se había instaurado en Egipto con Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno que, a la muerte de este, se adjudicó estas tierras en el reparto que los generales hicieron del vasto imperio que habían conquistado las tropas helenas. Se hizo nombrar faraón y fijó la capital en Alejandría, ciudad que por su estratégica situación junto al Mediterráneo y en Nilo se convertiría pronto en un importantísimo puerto comercial, así como en un destacado centro de desarrollo artístico y cultural (allí se construyó la famosa biblioteca de Alejandría, el mayor depósito documental del saber de la época, y también allí se erigió el gran Faro que pasaría a la posteridad como una de las siete maravillas del mundo antiguo). Los diversos regentes Ptolomeos, aunque respetuosos con los cultos egipcios, conservaron durante sus sucesivos reinados la cultura y el idioma griego, siendo únicamente nuestra protagonista, Cleopatra VII (su nombre completo era Cleopatra Filopátor Nea Thea), la que se identificó más estrechamente con su pueblo y habló el idioma egipcio (se cuenta que llegó a dominar hasta 7 u 8 idiomas y que eso fue, más allá de la supuesta belleza física, lo que junto con su amplia cultura y dotes de anfitriona le granjearon la admiración de buena parte de sus interlocutores).

Cleopatra ascendió al trono de Egipto a los 18 años de edad y lo hizo junto a su hermano Ptolomeo XIII, que contaba entonces 10 años. Su padre Ptolomeo XII dejó dicho en su testamento que ambos deberían casarse entre sí para perpetuar el linaje, cosa que no estaba mal vista en la cultura egipcia. Pero finalmente el matrimonio no llegó a materializarse, surgiendo disputas de poder entre los hermanos que obligaron a Cleopatra, en el tercer año de su reinado, a exiliarse a Siria. Fue estando ella allí cuando va a entrar en nuestra historia Julio Cesar.


Resulta que luchas internas por el poder también en el seno de la República Romana habían llevado a los líderes del llamado Primer Triunvirato a enfrascarse en una cruenta guerra civil, que terminó en el año 48 a.C. con la victoria de Julio Cesar sobre Pompeyo. Este último huyó a Egipto en busca del apoyo y ayuda de Ptolomeo XIII, pero el egipcio decidió traicionarlo y, en un gesto que pretendió granjearse la simpatía de Julio Cesar, le asesina y corta su cabeza, enviándosela  como presente a este, cosa que sin embargo no gustó a César, pues pese a ser su contrincante, Cesar sentía aprecio por su yerno Pompeyo. Cleopatra, mujer astuta, ve en aquel acto fallido de su enemigo hermano una oportunidad de ganarse para sí un fuerte aliado y decide llegar hasta César urdiendo una treta para saltarse a su guardia: Cuentan que estando él en el palacio real le es entregada una alfombra regalo de la exiliada reina y que al desenrollarla, se encontró con ella misma dentro. Por lo visto César quedó prendado de Cleopatra en aquel mismo instante y ella, claro, se dejó querer, pues sabía que si enamoraba a César no tendría que temer una invasión por parte de los romanos. ¡ Menudo guion de folletín, verdad! El caso es que el plan le salió bien. Su hermano fue derrotado por los romanos y murió, siendo ella proclamada reina absoluta de Egipto, aunque eso sí, por indicación de su ahora amante, se volvió a casar según el rito egipcio nuevamente con otro de sus hermanos, esta vez con el menor de ellos, Ptolomeo XIV, de tan solo 12 años.


Del idilio que durante varios meses vivieron en Egipto Cleopatra y Cesar nació un hijo al que llamaron Ptolomeo XV César, o más popularmente Cesarión (pequeño César). Julio Cesar volvió a Roma y cuando fue proclamado Emperador reclamo a Cleopatra y a Cesarión a su lado, acción que por lo que se ve no fue del agrado de muchos romanos, pues Cesar estaba casado con Calpurnia y la bigamia, al menos oficialmente, no estaba bien vista en Roma. Pese a todo Cleopatra permaneció en la ciudad durante cerca de dos años y lo hizo rodeada de un lujo exuberante que no hizo más que incrementar envidias y rencores. El 15 de marzo del 44 a.C. César es asesinado a la salida del edificio del senado en Roma y un nuevo triunvirato, del que formarán parte Octavio (hijo adoptivo de César) y Marco Antonio asumirá al poco el poder. Cleopatra, sin la protección de Julio Cesar sentirá en gran peligro su vida y la de su hijo estando en Roma y decide volver a Alejandría.

Tras su regreso a Egipto Cleopatra, temiendo que su hermano y marido Ptolomeo XIV, que ya contaba con 15 años de edad, quisiera acaparar más poder del que ella estaba dispuesta a otorgarle, lo envenena y establece a Cesarión como su corregente a la edad de cuatro años. Ambición desde luego no se le puede negar a la buena señora.

En el año 41 a.C. nuevamente los intereses de Roma y Alejandría van a cruzarse estrechamente, ahora con Marco Antonio de coprotagonista. Como miembro del 2º Triunvirato y velando por los intereses del Imperio, Marco Antonio cita a Cleopatra a un encuentro de regentes en Tarsos (ciudad de la actual Turquía). Ella, como hizo con Cesar en su momento, se propondrá impresionarle. Lo hace presentándose a la cita sobre un lujosísimo navío con los remos de plata, las velas púrpuras, rodeada de todo el lujo y vestida ella misma al modo de Afrodita, la diosa del amor. La reunión duró cuatro días enteros, y durante ésta se convirtieron en amantes.


La historia de amor y poder que vivieron Cleopatra y Marco Antonio fue larga y profunda, hasta el punto que este fue paulatinamente sintiéndose más co-monarca de Egipto que fiel ciudadano de Roma (llegó a trasladarse definitivamente a vivir a Alejandría y a casarse oficialmente con Cleopatra pese a estar casado con Octavia). Finalmente el distanciamiento se materializa en que en el año 32 a.C. Roma, a través de Octavio, va a entra en guerra con Cleopatra y Marco Antonio, lucha que finalmente el ejercito de estos últimos perdería, abligándo a nuestros protagonistas a refugiarse en Alejandría, en donde ante el temor de ser apresados, ambos van a optar por suicidarse. Marco Antonio lo hará matándose con su propia espada al creer que Cleopatra ya ha muerto y Cleopatra, al conocer la muerte de Marco Antonio, se hará morder por un áspid (cobra egipcia). No es seguro del todo que la historia de la serpiente sea cierta, pero indudablemente tiene más fuerza teatral que la del mero envenenamiento. ¿Qué tiene este final que envidiar al de Romeo y Julieta?

Lugar: Centro Arte Canal (Pº de la Castellana, 214)
Fechas: Hasta el 8 de mayo de 2016
Horario: lunes a domingo de 10 a 21 h.
Precio: Entrada general 7 €


Exposición: Chagall divino y humano

Marc Chagall, maestro del surrealismo, está sin duda reconocido mundialmente como uno de los grandes artistas del siglo XX. Su peculiar estilo presenta influencias del expresionismo ruso que conoció en su juventud y del cubismo que vio desarrollarse en su etapa francesa, pero supo crear su propia identidad, destacándose especialmente por el singular uso que hace del color y por la carga lírica que logra en sus composiciones, con detalles simbólicos no siempre fáciles de entender para el mero observador ocasional de sus obras. Como artista Chagall llevó a cabo una enormemente amplia y variada producción artística, abarcando tanto la pintura en lienzo, como la mural (decoró, por ejemplo, uno de los techos de la Ópera de París, y es también el autor de los dos grandes murales que cuelgan en el vestíbulo del Metropolitan Opera House de Nueva York), grabados para impresión, ceramismo, escultura, etc.

La exposición que actualmente nos muestra la Fundación Canal bajo el título de “Chagall divino y humano” se centra en la faceta gráfica de este artista, una de las que más desarrolló, pues llegó a crear más de mil litografías. En concreto la muestra nos trae un centenar de obras sobre papel creadas por Chagall desde finales de los años cuarenta del pasado siglo hasta mediados de los ochenta y que pertenecen a la colección de litografías, xilografías y aguafuertes del Kunstmuseum Pablo Picasso Münster (Alemania).

Los conceptos divino y humano a los que hace referencia la exposición se hacen realmente patentes en la obra de Chagall que aquí vemos. Así, en composiciones de temática mundana introduce símbolos de alusión y representación religiosa, y al revés, cuando trata directamente el tema de la religión, como en las ilustraciones que por encargó del editor francés Vollard hizo para la Biblia y que constituyen, en palabras del mismo artista su obra maestra en el campo de la gráfica, sus composiciones huyen de la interpretación dogmática para buscar el aspecto más terrenal y humano de los personajes representados.


Religión y visión mundana de la realidad son características de su arte que se entienden mejor al conocer la azarosa vida que llevó: Nació en 1887 en la ciudad rusa de Vitebsk (hoy Bielorrusia). De familia judía, fue educado dentro de la corriente jasidista, que defiende una interpretación ortodoxa y mística del judaísmo. En 1907 se traslada a San Petersburgo y es allí donde recibe formación artística y donde empieza a relacionarse con el mundo del arte. En 1910 marcha a París con el fin de reunirse con el grupo de artistas rusos que residían en Montparnasse. Era el momento del éxito del cubismo y se sintió fuertemente atraído por artistas como Picasso. Tras permanecer cuatro años en la capital francesa regresa a su añorada Vítebsk y allí se casará y pasará toda la Primera Guerra Mundial. Convertido en un activo participante durante la Revolución rusa de 1917 se le nombra Comisario de Arte para la región de Vítebsk, donde fundará la Escuela de Arte de Vítebsk en 1919. No obstante, permaneció poco en el puesto, pues la burocracia asociada a su posición no le atraía, y en 1920 es trasladado a Moscú. Las condiciones de hambruna y carencia generalizada que padece Rusia tras la guerra, le llevan en 1923 a decidir trasladarse con su familia a París y allí vive hasta que se ve forzado a exiliarse nuevamente, ahora a consecuencia de la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial y la deportación que estos hacen de los judíos a los campos de exterminio nazis. Es ayudado a huir a través de España y Portugal, instalándose finalmente hacia 1941 en Estados Unidos, donde permanece hasta el final de la 2ª Guerra Mundial. En 1948 regresa a Francia y allí se instalará ya definitivamente. Su país de adopción le reconocerá como artista destacado, llegándole a distinguir en 1977 con la máxima de sus condecoraciones, la Legión de Honor. Finalmente Chagall murió a la edad de 97 años y está enterrado en el pueblo de Saint-Paul de Vence, cerca de Niza.



Exposición: Chagall divino y humano
Lugar: Fundación Canal (c/ Mateo Inurria, 2)
Fechas: Hasta el 10 de abril
Horario: Laborables y festivos de 11 a 20 h. Miércoles de 11 a 15 horas
Entrada gratuita

Exposición temporal: Alberto García-Alix. Un horizonte falso



"Un horizonte falso", título de la exposición que hasta el 10 de abril puede verse en el espacio La Principal del edificio Tabacalera, es una muestra de algo más de 80 fotografías de Alberto García-Alix, en la que este artista nos muestra una realidad que ha sido intencionadamente transformada por él mediante el uso de planos distorsionantes de cámara, escalas desnaturalizadas, velados y contravelados, obteniendo como resultado nuevas realidades cargadas de simbolismo y en ocasiones de una cierta angustiosa abstracción onírica.

Alberto García-Alix es un reconocido fotógrafo nacido en 1956 y que aunque de origen leonés desarrollo buena parte de su trabajo en Madrid. Su fama dentro de nuestro país se fue consolidando en muy estrecha relación con el movimiento artístico que se aglutinó en torno a la Movida madrileña, de la este artista fue uno de sus impulsores y fotógrafo de referencia. Junto a otros artistas como Ceesepe, El Hortelano y Agust fundo el colectivo "Cascorro Factory" que supuso, con sus publicaciones de comic y revistas de carácter underground, una de las primeras ideas transgresoras de aquella incipiente movida y que permitió la apertura poco a poco a nuevos enfoques y disciplinas gráficas.

Durante los años ochenta Alberto García-Alix se hizo célebre por retratar tanto a los artistas de la España del momento como a personajes en buena medida marginales. Su carrera como fotógrafo de referencia fue creciendo fuera y dentro de nuestro país, concediéndosele aquí por ejemplo el premio Nacional de Fotografía en 1999 y el de la Comunidad de Madrid en 2005.

Sus trabajos se enmarcan en el área del blanco y negro y el campo del documento social y personal, siendo el mundo de las motos, de la noche y de los retratos sus más frecuentes temas de inspiración. Fiel a la fotografía analógica, ha incorporado también a su arte el vídeo como soporte documental para acompañar sus imágenes con su voz y sus propios textos. Así, en la exposición que nos ocupa podemos ver junto a las fotografías un vídeo que, en palabras de Nicolás Combarro, comisario de la exposición, es el leitmotiv de toda esta muestra, sumergiéndonos mediante la narración en primera persona del artista, en una serie de microrrelatos que nos trasladan a "San Carlos", una ciudad de luces y sombras; "el jardín perdido" y sus alegorías orgánicas; los "olvidados y mártires", retrato de una generación de supervivientes y caídos; o a "Rocinante", la motocicleta vista como una montura abstracta de velocidad y desequilibrio.


Lugar: La Principal. Tabacalera (c/ Embajadores 51)
Fechas: del 11 de febrero al 10 de abril de 2016
Horario: De 12 a 20 h. (lunes cerrado)
Entrada libre

Exposición temporal: Joan Fontcuberta. Imago, ergo sum



Ingenio, dominio de la comunicación audiovisual e intencionalidad de manipulación para mostrarnos realidades que quizás pudieran ser ciertas pero que no son, constituyen características presentes en buena parte de la obra del gran fotógrafo Joan Fontcuberta, y que ahora nos es posible constatar en la exposición recopilatoria de algunos de sus grandes trabajos que bajo el título de “Imago, ergo sum” podemos disfrutar en la sala Canal de Isabel II.

Joan Fontcuberta (Barcelona 1955) está considerado uno de los fotógrafos actuales más relevantes a nivel europeo y una de las voces más reconocidas y respetadas en el panorama internacional. Artista, docente, ensayista, crítico y promotor de arte español especializado en fotografía, ha recibido numerosos premios dentro y fuera de España: En 1988 recibe el premio David Octavious Hill por la Fotografisches Akademie GDL de Alemania, en 1994 el Ministerio de Cultura en Francia le otorga el Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres, el Ministerio de Cultura de España le da en 1998 el Premio Nacional de Fotografía y el Premio Nacional de Ensayo en 2011. Así mismo, en 2013 va a convertirse en el primer español que consigue el Premio Hasselblad como reconocimiento al conjunto de su actividad fotográfica, uno de los galardones más prestigiosos en el mundo de la fotografía, que también han recibido autores como Cartier-Bresson o Richard Avedon, Josef Koudelka o Robert Frank.

La muestra “Imago, ergo sum” nos permite comprobar la originalidad de Joan Fontcuberta, pues como he dicho recoge una amplia selección de varios de sus proyectos más relevantes desarrollados entre 1984 y 2014: Milagros & Co, Herbarium, Sputnik, o Trepat entre otros.  Proyectos que se desarrollan a través de diferentes soportes (fotografías, libros, objetos y audiovisuales) y en los que se respeta la máxima defendida por el autor de que la obra de un artista debe tener en cuenta no sólo el contenido sino también el continente donde su obra va a ser visualizada: Un mural, un libro, una proyección, etc.

Las publicaciones  de Joan Fontcuberta, la mayoría de ellas con ediciones agotadas hace tiempo e imposibles ya de conseguir, están lejos de ser típicas publicaciones recopilatorias de fotografías de un autor en torno a un tema central. Las suyas son auténticas historias noveladas, narraciones creíbles cuya verosimilitud se ve respaldada por el cuidado apoyo documental de las imágenes que acompañan a los textos. Bueno, en realidad son los textos los que acompañan a las imágenes, pues estas son las que dan verdadera fuerza a la narración. Historias curiosas que en realidad son falsas historias, pequeñas y grandes gamberradas audiovisuales que siembran de dudas al espectador. ¿Qué es verdad y qué es mentira?

A Joan Fontcuberta le gusta decir, y comparto su reflexión, que en realidad la verdad no existe, existen puntos de vista. Él, gracias al gran dominio de la técnica logra dar visos de credibilidad a su mensaje, buscando con sus imágenes estimular el pensamiento y el espíritu crítico del espectador. De ahí el sentido del título de la exposición.



Exposición temporal: Bicentenario de la Real Orden de Isabel la Católica


Hasta el 28 de febrero puede visitarse en el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, una exposición que bajo el título de “A la Lealtad Acrisolada”, homenajea en el bicentenario de su creación a la Real Orden de Isabel la Católica, la más difundida y prestigiosa de las actuales condecoraciones españolas.

La exposición, para la que se ha acondicionado el patio interior del Palacio, nos muestra la historia de esta condecoración a través de imágenes, cronogramas y una variada selección de piezas, entre las que hay medallas, objetos ceremoniales, retratos, documentos, diplomas, etcétera.

Tal como se nos cuenta en la muestra, el rango de honores y premios otorgados históricamente por el Reino de España se iniciaba con la Grandeza de España y los Títulos del Reino, continuándose por los collares del Toisón de Oro, los hábitos de las Órdenes Militares, las Medallas de la Real Efigie (c.1630), y las cruces de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III (1771). A estas se sumaron en el tiempo de la guerra contra los franceses otras dos nuevas, las de las Reales y Militares Órdenes de San Fernando (1811) y de San Hermenegildo (1814). Al poco de regresar a España “el deseado” rey Fernando VII y ante el aumento de los aires de independencia que se extendían por las colonias americanas, dicho monarca creará en 1815 la Real y Americana Orden de Isabel la Católica, una institución cuyo objetivo será premiar a los españoles –peninsulares y americanos- que destacasen en la defensa de la soberanía del Rey en Ultramar. Existían tres niveles de distinción dentro de ella: Grandes Cruces, Caballeros y Comendadores.

Tras la muerte en 1833 de Fernando VII y perdidas ya buena parte de las posesiones americanas, la Orden de Isabel la Católica se transformó pronto en un premio de carácter generalizadamente civil, aunque conservando su vocación de ultramar (en la península su equivalente era la Orden de Carlos III) y su tradición caballeresca. Será a partir de 1868 cuando pierda ya dicho carácter y se transforme en una verdadera condecoración de Estado, consolidándose a partir de ese momento y hasta hoy como la condecoración civil más utilizada, así como el más difundido instrumento de premio utilizado por España en el ámbito de las relaciones internacionales.

La insignia identificativa de esta condecoración, que digamos iba en su origen acompañada de rentas y honores para sus poseedores, es la conocida como  Cruz de Isabel la Católica. Está formada esta por cuatro brazos iguales, esmaltados en color rojo conforme al pabellón español, y entre ellos se entremezclan rayos dorados. En el centro de la cruz un escudo circular en el que se ven esmaltadas dos columnas y dos globos terraqueos, representativos del viejo y nuevo mundo, enlazados con una cinta y cubiertos con una corona imperial. Alrededor del escudo, sobre campo blanco dentro de una corona de hojas de olivo, se lee en letras de oro la leyenda: A la lealtad acrisolada.

La Orden de Isabel la Católica consta actualmente de los siguientes grados: Collar, Gran Cruz, Encomienda de Número, Encomienda, Cruz de Oficial, Cruz, Cruz de Plata, Medalla de Plata, Medalla de Bronce. En el caso exclusivo de personas jurídicas se puede conceder además la Corbata o la Placa de Honor.

El Rey ejerce el cargo de Gran Maestre de la Orden, y el Ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, como Gran Canciller de la misma, es quien eleva al Consejo de Ministros las propuestas de concesión de los grados superiores de la Orden, que se otorgan por Real Decreto.

Destacadas figuras de la política, la cultura, la ciencia, las bellas artes y el deporte, así como numerosos jefes de Estado y de Gobierno extranjeros ostentan la Orden, en sus variados grados, como reconocimiento a su labor al servicio de España.

En 2016, a fecha de publicación de este post, no tengo constancia de que se haya concedido aún ningún collar de Isabel la Católica (el máximo galardón de la Orden), aúnque sí diversas Grandes Cruces y medallas. En 2015 el collar se concedió a cuatro personalidades: Matthew Festing (Príncipe y Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta), Ollanta Moisés Humala Tasso (Presidente de la República del Perú), François Hollande (Presidente de la República Francesa), y Juan Manuel Santos Calderón (Presidente de la República de Colombia).



Exposición: A la Lealtad Acrisolada. Bicentenario Real Orden de Isabel la Católica
Lugar: Palacio de Santa Cruz (Pza. de la Provincia, 1)
Fecha. Hasta el 28 de febrero de 2016
Horario: Laborables de 10 a 14 y de 17 a 19 h. Sábados y domingos de 10 a 14 h.
Entrada gratuita.

Palacio de Fernán Núñez

En el nº 44 de la calle de Santa Isabel, junto al antiguo Convento que da nombre a dicha calle, se ubica un interesante edificio decimonónico que, si bien externamente no llama quizás especialmente la atención pese a reunir todos los elementos característicos del aristocrático estilo arquitectónico palaciego de la época isabelina, mantiene oculto al simple paseante callejero buenas muestras del lujo que ostentó en su etapa de esplendor. Me estoy refiriendo al Palacio de Fernán Núñez.

El origen de este palacio se fecha hacia el año 1790, cuando el XIII Duque de Alburquerque, un aristócrata, diplomático y destacado militar que jugó un relevante papel en la Guerra de la Independencia Española, decide transformar, para convertirla en su residencia madrileña, una gran casa que había adquirido en este lugar, dotándola del empaque señorial tipo palaciego que correspondía a un Grande de España como él. Encarga los trabajos al afamado arquitecto Antonio López Aguado, discípulo de Juan de Villanueva, y que ha legado a nuestra ciudad buenos ejemplos de su hacer: La Puerta de Toledo, El proyecto del Teatro Real (aunque finalmente se vería este modificado en parte), el Casino de la Reina, el Palacio del duque de Villahermosa (sede actual del Museo Thyssen-Bornemisza), o el diseño del Parque del Capricho.

Antonio López Aguado va a construir un palacio de fachada sobria, buscando la simetría y el equilibrio característicos del estilo neoclásico. El edificio, cuyas dimensiones eran menores que las actuales pues como veremos fue posteriormente ampliado, tiene tres plantas y sótano. Dos grandes puertas casi contiguas, aptas para el acceso en su momento de los carruajes, dan paso al interior del edificio, en el que se encuentra un gran hall o zaguán seguido de un patio. En la planta baja se situaba la llamada zona de recibo (donde los anfitriones esperaban a sus invitados), así con los jardines interiores y las habitaciones particulares de verano. La primera planta era el piso noble y en ella estaban las habitaciones de los duques, el salón de baile y diversos salones para las visitas. En el piso superior se encontraban las estancias de los criados.

La segunda y gran remodelación del palacio llegó a mediados del siglo XIX cuando los por entonces propietarios, el VII Conde de Cervellón y su mujer la II Duquesa de Fernán Nuñez, deciden ampliar el edificio y enriquecer su ornamentación interior, convirtiéndolo en el que sería a partir de ese momento uno de los palacios más hermosos de Madrid. Encargan el trabajo a Martín López Aguado, hijo del anterior arquitecto y que habiendo seguido los pasos profesionales de su padre contaba con una alta consideración profesional dentro de la aristocracia madrileña, ya que mostraba habilidad para conjugar el clasicismo arquitectónico heredado de su padre con la nueva moda romántica que inundaba por entonces los interiores de las remozadas mansiones señoriales. Las obras del Palacio se desarrollarán entre 1847 y 1849, dando como resultado el edificio que actualmente encontramos y que se organiza alrededor de tres patios interiores, disponiéndose la zona noble en torno a la fachada principal, que se ve ya ampliada hasta la misma linde del Convento.

Las salas de la primera planta, las correspondientes a la zona noble, son las que se pueden recorrer actualmente en visita guiada organizada, quedando el resto del edificio para uso interno de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (Adif y Renfe son las actuales propietarias del edificio). Las mencionadas salas, sin duda las más vistosas del palacio, se encuentran en general bastante bien conservadas, aunque algunas grietas y pequeños desperfectos sugieren la necesidad de continuar haciendo acciones de restauración y mantenimiento. No obstante, es indudable que varias de las salas continúan siendo especialmente espectaculares: El comedor de gala, con su gran mesa de nogal adquirida directamente en la Exposición Universal de París de 1867; el salón isabelino, que cuentan era el preferido de la reina Isabel II en sus frecuentes visitas a este palacio; y por supuesto el gran salón de baile, una amplia estancia con cierto aire al Salón de Espejos del Palacio de Versalles. Salas todas estas y también las del resto de la planta noble con paredes enteladas, techos hermosamente decorados con estuco imitación madera, alfombras y tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara, lámparas de Baccarat y cristal de Murano, chimeneas de mármol de Carrara, relojes de pedigrí, ... Ambientes en definitiva de una época de esplendor aristocrático allí vivido y que ahora se aprovecha, más allá de para las visitas de grupos, para la realización ocasional de eventos especiales, e incluso para servir de escenario cinematográfico, pues allí se han rodado escenas de películas como “¿Dónde vas Alfonso XVII?” (Luis Cesar Amadori), “Volavérunt” (Bigas Luna), "El oro de Moscú" (Jesús Bonilla) o “Sangre de Mayo (José Luis Garci), y series de televisión como “La Regenta” o “La Duquesa de Alba”.

El máximo esplendor del Palacio se vivió sin duda con la  III Duquesa de Fernán Núñez, la dama más representativa de la aristocracia madrileña del siglo XIX y anfitriona de las fiestas más elegantes del Madrid isabelino.

Ya en el siglo XX, durante el transcurso de la Guerra Civil el palacio fue incautado y custodiado por las Juventudes Socialistas Unificadas. Durante esta etapa convulsa de nuestra historia el palacio sufriría un cierto deterioro, perdiéndose algunos elementos significativos de su decoración. Finalizada la guerra, el palacio es comprado en 1940 por Carlos Botín Polanco, director de la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste de España y Red de Andaluces, a la viuda del V Duque de Fernán Núñez. Al año siguiente, el Gobierno decretó la nacionalización de las líneas férreas españolas y la creación de Renfe, empresa que convirtió el palacio en la sede de su Consejo de Administración y encargó su remodelación para adaptarlo a su nuevo uso. Una de las reformas, realizada en 1967, tuvo como fin habilitar un espacio para albergar el primer Museo del Ferrocarril de España. El edificio ha sufrido desde entonces diversas nuevas reformas, la última entre los años 2000 y 2002 para restaurar su fachada, pero por suerte conservando siempre su decoración decimonónica. Esperemos que siga respetándose esta y que aunque sea de forma controlada como ahora pueda seguir visitándose este Palacio (en una noticia que apareció en prensa en mayo de 2015 se apuntaba la posibilidad de que el edificio fuese vendido, recalificándose su actual uso para posibilitar su reconversión en hotel de lujo. Confiemos que esto no ocurra).


Nota: La visita a este palacio se hace en grupos concertados previamente (el precio es de 125 € por grupo, con un máximo de 25 personas). Para concertar la visita debe llamarse al teléfono 911 511 002, o contactar a través de la web de la Fundación.